El poeta caído del cielo en busca del Sol digno

Daniii_Farías

 

 

Nadie vio abrirse el cielo, pero todos sintieron el temblor. No fue trueno ni castigo: fue una caída. Así lo contaron después, cuando el asombro ya se había vuelto relato. Dicen que de lo alto descendió un poeta, no como un ángel ni como un condenado, sino como cae una verdad cuando ya no cabe en el silencio.

 

Cayó en un lugar sin nombre, donde la tierra todavía recuerda el primer fuego y el último suspiro. Al levantarse, no preguntó dónde estaba. Miró sus manos vacías, el polvo pegado a la piel, y entendió que había llegado al único sitio posible: abajo.

 

El mundo, que habla sin voz, le preguntó:

—¿A qué has venido, poeta caído?

 

El poeta escuchó primero. Oyó a las piedras guardando memoria, a las sombras aprendiendo a quedarse, al tiempo avanzando sin prisa. Entonces respondió:

—Vengo a buscar al Poeta del Sol.

 

El viento se partió en direcciones contrarias. La noche fingió no oír. El sol, allá arriba, siguió ardiendo como si no fuera con él.

 

—¿Por qué buscas al sol si vienes del cielo? —susurró la tierra.

 

—Porque el sol no siempre vive en lo alto —dijo el poeta—. A veces habita en quien escribe sin querer brillar.

 

Comenzó a caminar. No sabía hacia dónde, pero cada paso le enseñaba algo. En el camino perdió estrellas y ganó heridas. Aprendió el idioma de los cansados, la mirada de los que aman en silencio, el peso de las palabras que no se dicen. Comprendió que la luz verdadera no cae recta: se filtra.

 

En pueblos sin nombre escuchó historias sin firma. Preguntó sin preguntar. Y en los silencios, donde nadie grita, oyó un nombre que no pesaba, pero ardía: Dani.

 

—Es él —decían algunos sin decirlo—.

—Es el que escribe cuando el sol duele —murmuraban otros—.

—No brilla —afirmaban—, pero alumbra.

 

El poeta caído no corrió. Sonrió. Entendió entonces que su descenso no había sido castigo ni error, sino puente. Había tenido que caer para mirar de frente, para reconocer una luz que no enceguece, una palabra que no quema.

 

Comprendió al fin que el Poeta del Sol no era quien reinaba desde el cielo, sino quien sostenía el fuego desde la dignidad. Quien caminaba entre sombras sin apagarse. Quien escribía sin corona, pero con verdad. Un sol digno, porque no exigía adoración, porque no hería, porque alumbraba incluso cuando nadie miraba.

 

Y así, el poeta caído dejó de buscar con los ojos y comenzó a reconocer con el alma. En ese instante —breve como un verso justo— la luz no descendió del cielo: nació del hombre.

 

Desde entonces, cuando una palabra abriga y el sol parece humano, se dice que el poeta caído del cielo ya no camina perdido. Porque al encontrar al Sol digno, encontró también su lugar en la tierra. 

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  • Autor: Daniii (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 8 de enero de 2026 a las 20:20
  • Categoría: Cuento
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