No fue error.
No fue ceguera.
No fue miedo.
Fue ver el filo
y empujarlo igual.
Fue saber
dónde dolía
y apretar ahí.
Tenías el mapa,
la palabra justa,
el instante exacto
para detenerte.
Y no lo hiciste.
No gritaste odio.
No manchaste las manos.
Te llamaste racional,
necesario,
eficiente.
Mientras el daño
ocurría despacio
—como ocurre lo irreversible—
tú estabas lúcido.
Eso es lo imperdonable del acto:
no la herida,
sino la conciencia presente
cuando se abrió.
La lucidez sin ética
no es sombra:
es luz usada como arma.
No mata por impulso,
mata por cálculo.
No niega al otro,
lo administra.
Y cuando todo termina
no queda el crimen,
queda el silencio
donde ya no puedes decir
“no sabía”.
Ahí empieza el verdadero peso:
verte sin excusas,
sentir sin anestesia
el dolor que elegiste causar
cuando aún podías elegir
Antonio Portillo Spinola
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de enero de 2026 a las 09:02
- Comentario del autor sobre el poema: Trato de describir el mal verdadero, el mal sin excusas.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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