En medio de ese dolor deseé que alguien llegara
y me quitara, al fin,
las manos que me cubren los oídos
y convierten mi mundo en un ruido borroso
que no me deja respirar.
¿Cómo podría alguien hacerlo,
si de ellos son esas manos?
De esas manos que me ignoran
por más que grite,
por más que me haga notar,
por más que me quede.
Las manos que oscurecen mis ojos
y me esconden todo lo que podría haber sido,
todo lo que me pierdo
mientras aparento estar bien.
Manos que se aferran a mí,
de los pies a la cabeza,
no para sostenerme,
sino para reducirme,
para hacerme dudar de mi tamaño,
de mi lugar,
de mi voz.
Manos que me miran
pero no me ven,
que me escuchan
solo cuando insisto,
solo cuando ruego atención
como si sentir fuera un exceso.
Manos que aprendieron a creer
que siempre estoy feliz,
y por eso nunca preguntan,
nunca se quedan,
nunca profundizan.
Y es ahí,
cuando más sonrío,
cuando más entusiasmo muestro,
que la soledad se vuelve más pesada,
más evidente,
más mía.
Manos que sellan mi boca
y me enseñan a guardar el dolor
para no incomodar.
Las mismas manos que me llenan
de una tristeza tan profunda
que se instala en el pecho
y duele justo donde
el corazón debería sentirse hogar.
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Autor:
just another unknown person (
Offline) - Publicado: 5 de enero de 2026 a las 05:23
- Categoría: Triste
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., William Contraponto, Poesía Herética

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