◇ La araña blanca

Vientoazul

 

◇ La araña blanca 
(una compañía impensable)

Una pequeña historia de la vida cotidiana: hace ya mucho tiempo, una vez durante el verano, estábamos trabajando en el centro de cómputos de una conocida acería, en un séptimo piso, y se cortó la luz. En ese entonces no había grupos electrógenos ni celulares. Llovía muchísimo. Sin nada que hacer y apenas con la luz de la calle, tuve el privilegio de ser el único espectador. A través de la ventana vi cómo construía su tela de araña, el tamaño de este simpático bicho era de apenas dos milímetros y de color blanco. Siempre creí que las arañas eran un poco mágicas. Las bocanadas de humo marcaban mi letargo. Ella daba vueltas en derredor, en círculos concéntricos, a su propio ritmo.
Otro dato de esa noche: mi compañero Francisco G. habló toda la noche por teléfono con la novia. Después de eso se casaron. Era una persona a la que le gustaba llevar la contra tan solo para divertirse, con lo cual a veces lograba sacarme de mis cabales. Después de logrado esto, se quedaba tranquilo, como si estuviera satisfecho de haber conseguido su cometido. Si no, lo tenía durante toda la noche dando vueltas hasta que conseguía alterar la quietud de otro compañero.
Alrededor de esa época también tenía un entrañable colega de desglose, Hugo A. Le decíamos “el turco”, morocho y de nariz aguileña, muy trabajador y con don de gente.
Como vista o situación hacia afuera, estábamos frente a la Iglesia de Nuestra Señora de Montserrat; hacia adentro, el Centro de Cómputos.
Mientras tanto, la tela de araña junto a la ventana iba tomando forma poco a poco, mientras llovía torrencialmente. El agua caía bastante cerca, en un séptimo piso del barrio de Montserrat; sin embargo, ella seguía inmutable con su obra, como si la lluvia no lograra importunarla. Sus movimientos danzantes, incansables, impávidos, continuaron durante toda la madrugada. Su tamaño, muy pequeño, su postura o inconsciencia, no empobrecieron su obra; muy por el contrario.
Mi jornada y su obra terminaron esa noche en absoluta armonía.
Otras veces, junto con mi pequeña hija, alimentábamos con distintos insectos a alguna araña de turno, tan solo para verla danzar alrededor de su presa, en la vieja casona de Caballito (Bs. As.).
Distintos momentos, una sola pasión, con la mirada puesta siempre alrededor de la naturaleza.

Autor: Vientoazul- ©

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