Guerra de Los Sin Nombre

Luis Barreda Morán

Guerra de los Sin Nombre

El frío cálculo de los grandes poderes mueve piezas en el tablero mundial,
donde la sangre joven y pobre se riega sobre el mapa sin valor,
una cosecha amarga de cuerpos sin nombre que el futuro olvidó,
mientras discursos huecos de honor y gloria cubren el televisor,
y las banderas ondean sobre tumbas que ningún llanto visitó.

La maquinaria gris de la geopolítica gira con lubricante de crudo,
y el humo de los pozos en llamas dibuja nuevas fronteras de dolor,
donde la juventud sin alternativa viste uniformes de un solo color,
empujada por la necesidad fría de un sistema sin lugar para el amor,
marchando hacia el abismo al compás del mercado y su tambor.

Las élites en sus torres de cristal observan con mirada de estadística,
los números rojos que suben en la pantalla con cada vida rendida,
consideran el costo y el beneficio de cada ofensiva y cada lista,
mientras firman los documentos que extienden la condena de esta guerra,
y la paz es un bien negociable que en sus bolsillos no anida.

La prensa repite el relato oficial de un enemigo deshumanizado,
tejiendo con palabras de seda la mentira que todos deben creer,
hablan de criminales y de terroristas con un tono acostumbrado,
ocultando el hambre y la falta de escuelas que la gente pudo ver,
transformando el dolor de los pobres en un simple deber de obedecer.

Los tanques avanzan sobre ciudades de barro y sueños destrozados,
la tierra tiembla con la explosión que llega desde el cielo gris,
los hijos de la miseria mueren por intereses nunca declarados,
por el control de un recurso o por un antiguo rencor o desdén,
y el mundo sigue girando ante el silencio de un crimen tan real.

La oligarquía sonríe en la sombra con sus cuentas siempre florecientes,
su riqueza crece con el sudor ajeno y con el metal que funde,
ven a los jóvenes como herramienta de sus planes indiferentes,
carne de cañón que el sistema produce y que después se esconde,
en fosas comunes que la historia con niebla de olvido responde.

Los suburbios marginados y las favelas son el campo de entrenamiento,
donde la policía llega con furia y con armas de guerra total,
limpiando las calles para el turismo y el importante acontecimiento,
dejando en las ruinas el luto de una madre en el umbral,
otro número más en el parte que no altera el orden inmortal.

Los generales viejos reciben condecoraciones por su bravura,
por dirigir desde lejos la masacre que otros deben ejecutar,
mientras el soldado adolescente sufre en la trinchera más oscura,
recordando el rostro de su madre y sin poder ya llorar,
atrapado en una pesadilla que no puede ya narrar.

El capital requiere cuerpos dóciles y también requiere muertos,
para probar sus nuevos juguetes y para abrir nuevos mercados,
el complejo industrial celebra sus contratos ya desiertos,
y los aviones no tripulados escriben cielos desolados,
sobre pueblos que nunca supieron por qué fueron bombardeados.

La corrupción viste traje elegante y habla en el congreso con calma,
vendiendo la patria pedazo a pedazo al mejor postor extranjero,
y el niño que jugaba en la calle hoy carga un arma sin alma,
engañado por un discurso de falsa hermandad y de un sendero,
que solo conduce al despeñadero del invierno más severo.

Al final solo queda el memorial con nombres escritos en frío,
una placa de mármol en un parque que los vivos pronto evitan,
el recuerdo de una promesa rota y de un daño ya consumado,
un ciclo que se repite y que ninguna lección limita,
porque el poder nunca cambia si su provecho lo ignora.

Y la rueda sigue girando en su órbita de hierro y de sinrazón,
tejiendo destinos de tragedia con hilos de ambición y de miedo,
una verdad simple se oculta tras tanta falsa explicación,
que las guerras las deciden los que nunca sienten el dedo,
apretando el gatillo sobre su propio hijo querido.

—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA 
Diciembre, 2025.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Offline Offline)
  • Publicado: 1 de enero de 2026 a las 13:00
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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