El día se va descalzando despacio,
se quita la luz de los hombros
y la guarda en un cajón de nubes cansadas.
Una gaviota corta el cielo
como si firmara con su vuelo
una despedida que ya conoce de memoria.
Los balcones se llenan de murmullos,
las bicicletas regresan con ruedas agotadas,
y en cada ventana
late una historia distinta
que la tarde contempla en silencio.
El viento peina los árboles,
les acomoda las hojas
como quien arregla el cabello de un amigo
antes de una foto importante.
Porque el atardecer,
ese pintor sin manos,
quiere que todo luzca perfecto
antes de la última sonrisa del sol.
Las veredas guardan pasos,
recuerdos pequeños,
conversaciones que se escaparon sin querer,
risas que rebotan todavía
en algún muro desconchando.
La vida aquí abajo
se acomoda en la tibieza del final del día,
donde los errores ya no pesan,
y los sueños se sacuden
el polvo de la prisa.
Un abuelo mira el cielo
y se acuerda de su juventud;
un joven mira el cielo
y se pregunta por su futuro;
y el cielo, tan grande,
abraza las dos preguntas
sin necesidad de respuesta.
Hay luces que se encienden,
hogares que despiertan justo
cuando el sol decide dormir.
Porque algunos corazones brillan más
cuando la ciudad se calma,
cuando las palabras bajan el tono
y el mundo se vuelve más humano.
Si cierras los ojos,
puedes escuchar cómo respira la tarde:
su suspirar es el canto de un pájaro lejano,
el ruido suave de una olla,
el eco de un “ya llegué”
que reconcilia hasta al más cansado.
El cielo se tiñe de colores imposibles,
y la luna, tímida,
se prueba su vestido plateado
preguntándose si hoy se la verá más bella.
Los autos pasan como cometas terrestres,
y detrás de cada puerta que se cierra
hay un corazón que descansa,
o que se prepara para seguir luchando.
Porque el atardecer
es una tregua para el alma,
un aplauso lento al esfuerzo diario,
un recordatorio de que
hasta la luz necesita descansar.
Y cuando finalmente el sol se esconda,
cuando la última chispa anaranjada
se disuelva en la oscuridad,
la paz vendrá a sentarse con nosotros,
sin pedir permiso,
sin hacer ruido.
Entonces sabremos
que el atardecer lo vio todo:
nuestros logros, nuestros errores,
nuestras lágrimas silenciosas,
las palabras que no dijimos
y las que sí.
Pero, aun así,
nos regala la promesa de un mañana,
la certeza de que lo hermoso vuelve,
de que todo lo bueno
respira en la paciencia del tiempo.
El día se despide,
pero la vida continúa
en el abrazo de esta hora lenta
que nos recuerda
que siempre hay lugar
para otro sueño.
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Autor:
Daniii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 8 de diciembre de 2025 a las 14:51
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 14
- Usuarios favoritos de este poema: Nelaery, Hernán J. Moreyra, Anduriña, Mauro Enrique Lopez Z., MISHA lg, JUSTO ALDÚ, benchy43, Carlos Baldelomar

Offline)
Comentarios2
asi es poeta , hata la luz necesita descansar
bella letras
gracias por compartir
Porque el atardecer
es una tregua para el alma,
un aplauso lento al esfuerzo diario,
un recordatorio de que
hasta la luz necesita descansar.
besos besos
MISHA
lg
Muy bueno, amigo Daniii, felicitaciones,
Un abrazo.
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