El rugido cesó. La tinta, que hasta entonces obedecía, se volvió espesa, lenta, como si desconfiara del nuevo dueño. El hombre —ya Autor— sostuvo la pluma con un orgullo recién adquirido.
Pensó que bastaría con escribir una nueva arquitectura, un laberinto dócil, tal vez un jardín sin espejos.
Pero la página no se ofreció.
Lo miró.
Era una sensación imposible, como si el papel tuviera ojos.
Se inclinó para escribir la primera orden de su reinado:
“El laberinto se disuelve.”
Las letras no aparecieron.
En cambio, surgió otra frase, escrita con su misma mano pero movida por otra voluntad:
“El personaje cree que es Autor.”
El hombre retrocedió, incrédulo.
Intentó protestar, pero la tinta ya lo había traicionado.
Las paredes del laberinto se iluminaron con una claridad cruel: cada piedra exhibía una línea de su historia, cada pasillo una versión de sí mismo, cada espejo un argumento contra su libertad.
Comprendió entonces lo que los seres prudentes nunca quieren pensar:
Los Autores no son dueños de sus mundos —son apenas portavoces de una voz más alta.
Se lanzó sobre la página con ferocidad, escribiendo en un trazo desesperado:
“No soy ficción.”
La frase se fracturó, multiplicándose en variaciones como las caras en un espejo roto:
“No soy ficción.” / “Soy leído.” / “Soy recordado.” / “Soy inventado.”
El laberinto vibró.
Las paredes temblaron como si contuvieran una risa.
Y desde una altura sin dimensiones llegó otra voz —ni humana ni divina—:
—Todo Autor es personaje. Solo cambia quién lo escribe.
El hombre alzó la vista.
Sobre él, como una constelación ordenada, surgían páginas interminables, girando en espiral.
Cada una tenía otros nombres: otros yo, otros destinos, otros laberintos trazados por manos que jamás conocería.
Intentó gritar. No salió sonido.
La tinta subió por su brazo como un veneno o como una revelación, y comenzó a devorarlo palabra por palabra.
No dolía.
Era peor: lo estaba convirtiendo en texto.
Antes de que la oscuridad lo reclamara del todo, alcanzó a leer una última inscripción, flotando en el centro de la nada:
“Fin del capítulo.”
Y debajo, escrita con una caligrafía que no era la suya:
“Capítulo II: El lector.”
( Continúa )
Fernando Guerra
30 11 2025
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Autor:
Fernando Guerra (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 30 de noviembre de 2025 a las 00:31
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Fernando Di Filippo

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