Cuántas veces
has visto las hojas volar,
derramarse en el asfalto marchito,
y tu belleza —brasa de otoño—
apenas disimula el diálogo secreto
entre tu pulso
y otro pulso que lo acecha.
Cuántas veces
unas manos remendaron tu piel
picada por los días,
y aun así creíste
que la chispa se apaga
en lo solemne de la vida.
Cuántas veces,
ante tus ojos,
un perro lanudo, gris de mundo,
vino a recordarte
que la verdad también muerde.
Y entonces imaginas
cambiar la escena,
pero sigues,
porque sigue la marcha,
y una fuerza sin nombre
tuerce tu camino.
Cae la pregunta —como hoja vencida—:
¿por qué se ha ido el para qué,
y dónde se esconde el cómo?
Y yo,
desdoblado en sombra,
en aliento,
en deseo ardiendo bajo tu duda,
soy hoja que te roza los tobillos,
perro que te muerde suave,
asfalto que sostiene
tus muslos encendidos.
Y en la rutina que te quiebra,
mi boca —original y tuya—
encuentra tu origen,
y te devuelve el para qué
vivo, intacto,
abierto en mis manos.

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