Se descubrió perdido (4)

Fernando Di Filippo

No se atrevió a hablar primero. La figura —el Autor— tenía la quietud de una deidad fatigada. No tenía edad: era la juventud antes de la tinta y la vejez después de los libros. Sus ojos no miraban; lo leían.

Llegaste tarde —dijo, sin mover los labios.

El hombre no entendió si el reproche era real o una mera constatación del tiempo.
—¿Tarde a qué? —preguntó, con la misma fragilidad con la que se pregunta por el propio destino.

A comprender que no eras el protagonista. Ni siquiera el lector. Apenas una nota al pie.

El eco de esas palabras no resonó en el mármol, sino en su memoria. Se sintió reducido a un glifo, una cifra marginal en una narración demasiado vasta. Sin embargo, no había rabia en él: sólo una especie de alivio miserable.
Ser secundario era ser libre.

El Autor se inclinó sobre el círculo que aún pulsaba bajo sus pies.
Todo laberinto requiere un centro, —sentenció— y todo centro necesita un sacrificio.

El hombre dio un paso atrás. No sabía cuál de sus fragmentos era el elegido.
Los otros yo —espectrales, inmóviles— aguardaban como testigos de un crimen inevitable.
Intentó hablar, pero el Autor levantó una mano y el sonido murió en su garganta.

No busques justicia. No fue inventada para ti.
—¿Entonces para quién? —alcanzó a murmurar.

El Autor sonrió —no con benevolencia, sino con la melancolía de quien ya ha contado esta historia demasiadas veces—:
Para el laberinto. Él es el lector eterno.

Comprendió entonces lo que Borges había sospechado: que el universo no es una biblioteca para los hombres, sino que los hombres son el mobiliario de una biblioteca más antigua que la memoria.

El Autor abrió el libro que llevaba en su mano, un volumen sin título. Las páginas estaban en blanco salvo por un espacio —un espacio suficiente para un nombre.

El suyo.

No protestó. Sabía que cualquier resistencia sería una farsa.
El Autor sumergió la pluma en una tinta oscura como el amanecer antes de existir y escribió:
“Él regresó al laberinto.”

Y con ese gesto, el mundo se replegó.
Las paredes invisibles volvieron a levantarse.
Los pasillos comenzaron a extenderse hacia un horizonte que ya no era horizonte, sino promesa.

Lo sintió todo: la derrota, la infinitud, la indiferencia divina.
Y, aun así, dio el primer paso.

Porque incluso los condenados necesitan un destino.

 

(Continúa)

 

Fernando Guerra

29 11 2025

  • Autor: Fernando Guerra (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 29 de noviembre de 2025 a las 03:45
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 1
  • Usuarios favoritos de este poema: Fernando Di Filippo
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.