Mamá, no te vayas.
No me dejes sola en esta casa
que ya cruje como un barco que se hunde.
Desde que tú empezaste a irte en silencio,
las paredes repiten tu nombre
y el viento abre las puertas
como si todavía te buscara.
Aún recuerdo lo que dijiste,
aquella frase que cayó sobre mí como un golpe:
“No quiero que estés tan cerca de mí,
porque luego me acostumbraré.”
Y yo, que solo quería tu abrazo,
aprendí a no acercarme,
a caminar despacio para no molestarte,
a respirar bajito para no dolerte.
Mi papá ya no sabe cómo sostenernos.
Lloró ayer, mamá.
Lloró como si se le quebrara la vida en las manos,
como si tu ausencia fuera una grieta
que atraviesa todo lo que tocamos.
Y yo lo vi intentando ser fuerte,
pero hasta su voz temblaba
cuando dijo que te extraña.
Aún escucho tu sentencia:
“Si encuentro a alguien, me quedaré allá…
será mejor que me olvides.”
Y yo, que no sé olvidar a nadie,
intenté seguir viviendo
mientras la familia se desmoronaba
como un castillo hecho de polvo.
Por favor, mamá, quédate.
No te pido perfección,
ni amor limpio,
ni palabras bonitas.
Solo quédate un momento más,
aunque sea desde lejos,
aunque sea sin mirarme.
Quédate, mamá.
No por mí,
sino para que este mundo
no termine de caerse
sobre mis manos.
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Autor:
Noelia Beteta (
Online) - Publicado: 29 de noviembre de 2025 a las 01:22
- Categoría: familia
- Lecturas: 3

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