El Sueño

Fernando Di Filippo

Hay textos que no se escriben: se revelan.
El que sigue pertenece a esa categoría incierta en la que la palabra humana parece apenas un intérprete de una música más antigua. No sé si su autor quiso imaginar su muerte o si, en un arrebato de lucidez, buscó comprender la infinita continuidad del ser.

Lo cierto es que cada línea suya parece pronunciada desde un lugar donde el tiempo no gobierna y donde el alma, si es que tal cosa existe, recuerda lo que siempre ha sabido.
El lector entenderá, quizás, que este escrito no habla de tumbas ni de despedidas, sino de la secreta comunión entre el hombre y aquello que lo trasciende.

He soñado, como quien sueña un mandato, la ceremonia de dejar una flor sobre la grava de mi propia tumba. No una flor terrestre: una que descienda de un cielo que nunca vimos, una que conserve en su latido la memoria de las estrellas que la engendraron.

Anhelo un reposo que no sea fin, sino retorno. Un cabezal de luz en el que mis pasos, antaño taciturnos, se reconcilien con las huellas de un pasado que fue herida y fue aprendizaje. Anhelo saber que en mis días fui honesto con aquello que no se ve: con el canto de los pájaros invisibles, con la fe que las calles prestan al caminante que escucha.

Si el mundo lo permite, inventen un artificio sagrado: que mi cuerpo, despojado al fin de sus nombres, vuelva a la tierra como vuelven los círculos al centro. Abrid un pequeño orificio en la arcilla del mundo para que mi alma contemple, desde la penumbra, el resplandor que la originó.

Depositadme entre las raíces que murmuran secretos antiguos, allí donde el dolor se vuelve semilla y la angustia, un intervalo de la eternidad. Que esta despedida tenga la súbita pureza de un primer amanecer, porque toda muerte es un comienzo disfrazado.

No reclamo grandezas. Apenas repito un viejo deseo.
Mi cordura vacilante y mi locura generosa continúan sus danzas circulares, como si fueran dos dioses menores disputándose un templo que no les pertenece. No invento su disputa: soy su recinto pasajero.

Que este adiós recaiga, entonces, sobre el que fui: un servidor imperfecto, un buscador torpe, un hombre alcanzado por un destino no cruel, sino inescrutable. Un destino que —lo intuyo— está siendo escrito en este mismo instante, en algún lugar del infinito.

 

Fernando Guerra

19 11 2025

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Comentarios +

Comentarios1

  • ElidethAbreu

    Querido poeta Fernando, aunque no reclames la belleza, se ha colado en tus cuento.
    Me encanta tu narrativa y te felicito.
    Recibe mis afectos y abrazos.



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