Dios me bendijo con un hermoso hijo,
y por él doy gracias, con el alma agradecida;
pero hay un rincón que permanece vacío,
una ausencia que acompaña mi vida.
Es como si me faltara un ojo,
como si me faltara un brazo,
como si una parte de mi historia
se hubiera quedado perdida en el ocaso.
Y a veces, cuando el silencio me acompaña,
una pregunta se instala en mi pensamiento:
“¿Cómo habría sido mi vida
si hubiera tenido una hija?”
Quizás ella habría llenado de risas
los rincones dormidos de mi casa;
quizás habría sido mi confidente,
esa pequeña mujer que todo abraza.
Y entonces cierro los ojos
y comienzo a imaginarte...
Hijita mía:
Eres tú la que no está,
pero si hubieras llegado a mi vida,
y algún día yo ya no estuviera,
quisiera que supieras lo que soñaba contigo.
Hubiéramos jugado sin miedo
a la escuelita y al restaurante,
a ser papá y mamá de muñecas,
a inventarnos un mundo fascinante.
Habríamos salido juntos de compras
y seguramente me preguntarías:
—Papá, dime, ¿cómo me queda este vestido?
¿Y estos zapatos? ¿Me veo bonita?
Y yo, mirándote con ternura,
te habría respondido sin dudar:
—Te ves genial, mi amor...
eres una reina,
y nadie podrá hacerte olvidar
lo hermosa que eres.
Tú escogerías mi ropa,
y yo dejaría que fueras mi estilista;
serías mi verdadera princesa
y yo, orgulloso, tu príncipe.
Habríamos cocinado juntos,
unas veces jugando con barro en el jardín,
otras metiendo las manos en la masa
para hacer galletas y pan al salir.
Habríamos decorado lo horneado,
aunque quedara torcido o imperfecto;
porque contigo, hijita mía,
hasta un desastre habría sido perfecto.
Jugaríamos al salón de belleza,
y tú pintarías mis uñas sin temor:
—Sí, hija, puedes pintármelas...
no pasa nada, es un juego de amor.
Y aunque en la vida real
no me gustaran demasiado esas cosas,
por ti habría hecho una excepción,
porque las manos de una hija
convierten cualquier locura en hermosa.
Aunque, pensándolo bien,
quizás tendría problemas con tu madre;
seguro moriría de celos
al vernos tan inseparables.
Y al final de aquel día,
cuando el cansancio venciera tu alegría,
te tendría dormida entre mis brazos,
como el tesoro más grande de mi vida.
Fuéramos inseparables,
y nunca nos faltarían temas de conversación;
tú susurrarías secretos en mi oído
y yo te escucharía con el corazón.
Las horas de nuestras tertulias
seguramente nunca tendrían final,
y siempre te diría:
—Puedes contarme lo que quieras,
hija... yo te voy a escuchar.
No entenderé jamás
lo que significa ser una niña,
ni sabré lo que se siente
cuando una niña comienza a convertirse en mujer.
Pero conozco la vida,
sus caminos, sus heridas,
sus engaños y sus verdades;
y aunque no sé lo que significa ser mujer,
sé bastante de lo que significa ser hombre.
Quizás algún día te interesarían los chicos...
eso nunca lo podría saber;
pero de algo estoy seguro:
muchos de los problemas de este mundo
los provocamos los hombres.
¡Eso seguramente diría tu madre
cuando estuviera enojada!
Y llegaría el momento
en que tendría que regañarte:
—Cuida mucho tus amistades, hija.
No caigas en esas trampas de la adolescencia.
No quieras demostrar que eres grande
haciendo todo aquello que hacen los grandes.
Aprende a conocer tus necesidades,
tus alcances y tus limitaciones;
sé consciente de quién eres
y nunca permitas que otros
decidan por ti.
Y después de la comida,
quizás buscaríamos un lugar tranquilo
para sentarnos juntos
a contemplar la belleza de la vida.
Entonces me atrevería a decirte:
—Hijita, estás entrando en una edad
en la que comenzarán a interesarte los muchachos.
Perdóname si estoy más pendiente de ti,
pero no solamente soy tu papá...
también quiero ser tu amigo.
No es que no confíe en ti;
es que todavía no conoces
muchas de las cosas que la vida enseña
cuando los años pasan.
Y quisiera decirte algo más:
Respeta siempre tu cuerpo,
respeta siempre tus sentimientos.
Tu verdadero valor
no estará en la belleza de tu rostro,
ni en los halagos de un hombre,
ni en las cosas que puedas poseer.
Serás mejor ser humano
por tus acciones,
por tu nobleza,
por la bondad de tu corazón
y por todo aquello que seas capaz de alcanzar.
Nunca pienses que mereces ser humillada.
Nunca aceptes que alguien te haga sentir menos.
No necesitas pasar primero por una puerta
simplemente porque eres mujer;
pero si un verdadero caballero
se adelanta para abrirla,
agradece el gesto y comprende
la diferencia entre un derecho
y una muestra de cortesía.
Tampoco necesitas una silla
por el simple hecho de ser mujer;
pero si un caballero se levanta
para ofrecértela,
aprende a valorar el detalle
sin confundirlo con una obligación.
Siempre serás mi princesa,
pero quiero pedirte algo:
Sé humilde.
Cuando seas adulta,
no permitas que la vanidad
te robe la esencia.
Brilla con luz propia,
mira siempre hacia el horizonte,
sé ambiciosa en el buen sentido,
busca ser cada día mejor.
Que las palabras vacías de cualquier hombre
no puedan apagar tus sueños.
Que sepas lo que quieres
y tengas la fuerza para conseguirlo.
Eres hermosa, hija mía,
pero jamás necesitarás perseguir la belleza,
porque ya llevas contigo
la que heredaste de tu madre.
Y si algún día decides casarte,
primero termina de construirte a ti misma.
No abandones tu formación.
Haz del conocimiento tu escudo,
tu herramienta y tu defensa.
No tomes una decisión tan grande
por una ilusión pasajera;
hazlo por convicción,
por respeto
y por un amor verdadero.
Y si algún día llegas al altar,
no pienses que ese será
el mejor día de tu vida.
Porque yo quisiera para ti
algo mucho más grande:
Que encuentres un nuevo mejor día
cada mañana.
Que tengas cientos,
miles de días maravillosos;
acompañada o sola,
pero siempre dueña de tu destino.
Y solamente te pediría una cosa más:
No me olvides.
Cuando llegue mi vejez,
cuando esté enfermo, triste o desvalido,
acompáñame como yo te habría acompañado
cuando tú me invitabas a jugar.
Quédate un momento conmigo.
Toma mi mano.
Escucha mis historias,
aunque ya las hayas escuchado mil veces.
Y cuando Dios decida llamarme,
si todavía estás a mi lado,
quisiera sentir tu presencia
en mi última despedida.
Porque serías mi hija.
Porque así te imagino.
Porque aunque nunca hayas estado
para jugar conmigo,
en mi imaginación
siempre has vivido.
Te imagino grande,
bella, noble y valiente;
convertida en una gran mujer,
con el corazón lleno de sueños
y la mirada puesta en el horizonte.
Y entonces comprendo
que todo esto que te digo
es solamente un sueño...
Un hermoso sueño
que jamás pude abrazar.
Una hija que nunca tuve,
pero que mi corazón inventó
para llenar este vacío
que ni los años han podido borrar.
Y mientras la noche cae
sobre este viejo soñador,
me pregunto en silencio:
¿Cómo habría sido mi vida
si hubieras llegado tú?
Quizás nunca encuentre la respuesta.
Pero si existe un lugar
donde los sueños pueden hacerse realidad,
espero que algún día,
más allá de esta vida,
Dios me permita conocerte...
Y entonces, hijita mía,
sin reproches, sin preguntas,
solamente te abrazaré
y te diré bajito:
“Perdóname por haberte imaginado tanto...
pero te quise toda mi vida,
aunque solamente existieras
en el corazón de este
Ermitaño Soñador.”
(Escrito en 2016)
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Autor:
Ermitaño Soñador (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 17 de noviembre de 2025 a las 07:05
- Categoría: Amor
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Carlos Baldelomar

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