Memorias mientras espero el taxi
de Wcelogan
Nací en un barrio donde el polvo
era parte del pan diario
y los juegos eran tesoros inventados
con tres piedras, un palo y una ventana rota.
La niñez fue corta,
porque la vida nunca espera:
me enseñó a correr tras cometas de papel,
a caer de bruces en la tierra
y a levantarme con la nariz sangrando,
orgulloso de no llorar.
Tuve hermanos de aventuras,
compañeros de travesuras,
y una madre que repetía la misma frase:
“no gastes tu vida como si fuera eterna.”
No entendí entonces,
pero hoy la repito con ironía
a los que se creen inmortales.
La juventud me llegó con hambre,
con el fuego en las piernas y en la lengua.
Quise devorarlo todo:
amores clandestinos,
carreras bajo el sol,
noches interminables donde el vino
era una religión barata
y las caricias, la única salvación verdadera.
Me enamoré tantas veces
como cicatrices llevo en el alma.
Algunas fueron dulces como la primera lluvia,
otras ardieron como brasas en el pecho.
Recuerdo a la que me regaló su risa
y me enseñó que el cuerpo
es un templo sin normas,
y a la que se marchó un amanecer
dejándome el eco de su perfume en las sábanas.
Con ellas aprendí que el amor
es juego de azar:
si ganas, festejas;
si pierdes, sigues apostando.
No todo fue júbilo.
También cargué heridas que no cierran:
la ausencia de los que se fueron antes,
la silla vacía en la mesa,
el amigo que no volvió del hospital.
La vida hiere con cuchillos invisibles,
pero aprendí que hasta las heridas
se pueden lustrar para que brillen como medallas.
Trabajé, sudé, maldije,
me enfrenté al hambre económica,
a la burocracia,
a jefes que no sabían nada,
a políticos que sabían demasiado.
Aprendí que los discursos
no pagan el pan
y que la dignidad se defiende
con los dientes apretados.
Corrí, sí, corrí kilómetros de sol y asfalto,
no para escapar de la vejez,
sino para alcanzarla con elegancia.
Vi a los atletas huir de la decrepitud,
yo corría distinto:
me reía del cronómetro,
porque sabía que el verdadero tiempo
está en los latidos,
no en las agujas.
La soledad vino a visitarme muchas veces.
Al principio me asustaba:
parecía prostituirse,
acostarse con cualquiera que la aceptara.
Después le encontré el ritmo,
la invité a cenar,
y entendimos que podíamos compartir techo
sin hacernos daño.
He perdido tanto que podría dar clases.
Perdí relojes, casas, ciudades,
perdí las llaves y la paciencia.
Perdí amores, hermanos, certezas.
El arte de perder, decía Bishop,
no es tan difícil.
Y yo confirmo:
el desastre no es la pérdida,
el desastre es no haberse atrevido a poseer nada.
Hoy, con los años encima como abrigo gastado,
puedo decir que viví a lo máximo.
Fui niño insolente,
joven descarado,
adulto testarudo
y ahora viejo con picardía.
No cambié risas por protocolos,
ni amor por conveniencias,
ni sueños por manuales de obediencia.
Espero la muerte sin solemnidad.
No quiero cortejo ni mármol,
ni que alguien diga que fui ejemplar.
Prefiero que se rían de mis torpezas,
que recuerden mis carcajadas,
que cuenten las historias
que yo adornaba con vino en la mesa.
La espero como quien espera un taxi:
si tarda, me fumo otro cigarro;
si llega, me subo con calma.
Y mientras tanto,
que quede escrito:
Yo viví,
y viví a lo máximo.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline)
- Publicado: 29 de agosto de 2025 a las 00:02
- CategorÃa: Reflexión
- Lecturas: 4
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z.
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