EL CASADO CASA QUIERE

Wilson Delgado

No te vayas a vivir con los suegros.

Ni por barato.

Ni por “mientras”.

 

“Solo será temporal”, dijo él.

Y ella —enamorada— aceptó.

 

Así fue como terminó en el cuarto donde él creció:

Con pósters viejos de fútbol.

Cortinas con ositos.

Y una suegra que abría la puerta sin tocar.

 

El “solo por un tiempo” se convirtió en años.

Años escuchando que no lavaba bien los trastes.

Que cocinaba “raro”.

Que se vestía “demasiado suelta para ser mujer casada”.

 

Años donde cada discusión de pareja tenía público.

Años donde él salía a trabajar…

y ella se quedaba no en su casa,

sino en territorio enemigo.

 

Porque cuando vives en casa ajena,

no importa cuánto ayudes, cuánto aportes:

siempre serás “la de afuera”.

 

Cada error tuyo vale el triple.

Cada derecho tuyo parece un atrevimiento.

 

Un hogar necesita dos cabezas,

no una suegra que se mete

y un esposo que no sabe poner límites.

 

Necesita espacio propio.

Decisiones propias.

Y paz.

Esa paz que no existe cuando hasta para mover una silla hay que pedir permiso.

 

Y si toca empezar en un departamentito chiquito,

sin lujos,

pero donde puedas andar en calzones sin miedo a la crítica…

es mejor.

 

Porque el amor se construye con cariño, sí.

Pero también con puertas que cierran, paredes que protegen

y un hogar que sea realmente de ustedes. 

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