Decadencia de la Democracia

Javier Julián Enríquez

Trivial árbol de cuyos ramos

desafortunados las castas

corruptas quinas Reales son,

en sangre teñidas de fieles

y fidedignos ciudadanos.

Como las sublimes banales

túnicas enhiestas corroes,

como los excelsos triviales

blasones letales afliges.

Ni distinguir sabes apenas,

repitiendo confusa sabes

lo que tímida excusa oyes.

Con libertad tan disonante

blandes tu corrupta memoria,

desatas sembrando discordia,

de colores prolijos vanos.

 

 

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Comentarios5

  • María...

    Gran decadencia sostiene la democracia.
    SALUDOS

  • JUSTO ALDÚ

    En franco deterioro la Democracia. Emerge el populismo con todos sus males.

    Saludos

    • Javier Julián Enríquez

      JUSTO, ¡muchas gracias por tu comentario tan acertado!
      Un cordial saludo y gran abrazo

    • Javier Julián Enríquez

      La expansión exponencial del derecho mercantil en el siglo XXI plantea un desafío crucial a la soberanía estatal y a la legitimidad democrática. La progresiva subordinación del derecho civil al ordenamiento mercantil internacional genera un preocupante desequilibrio, que culmina en una situación de facto de totalitarismo económico. Este fenómeno no se limita a una simple competencia entre ordenamientos jurídicos, sino que implica una profunda transformación del Estado, reducido a un mero agente ejecutor de las normas emanadas del derecho mercantil global. Esta reducción funcional compromete gravemente la capacidad del Estado para garantizar la participación ciudadana efectiva y el ejercicio pleno de los derechos fundamentales.
      La democracia, en este contexto, se convierte en un mecanismo de legitimación superficial, un velo que encubre la concentración del poder en manos de élites económicas y políticas que operan al margen de la voluntad popular genuina. Los procesos electorales, en lugar de ser instrumentos de auténtica representación, se transforman en mecanismos de ratificación de decisiones previamente adoptadas por estas élites, toda vez que perpetúan así un círculo vicioso de concentración de poder. La soberanía popular, en consecuencia, se ve significativamente debilitada, socavada por la influencia desmesurada del derecho mercantil global.
      Esta situación exige una reivindicación de la independencia judicial como pilar fundamental de la separación de poderes para garantizar la autonomía del poder judicial respecto al legislativo. Esta separación es crucial para la elección legítima de representantes y del jefe del ejecutivo para prevenir la corrupción sistémica. La falta de esta separación de poderes, y la consiguiente falta de independencia judicial, genera un vacío legal que permite a las élites políticas actuar sin rendición de cuentas, toda vez que socavan los principios democráticos fundamentales. La supremacía del derecho mercantil internacional, sin los contrapesos adecuados del derecho civil y un sistema judicial independiente, conduce a un desequilibrio de poder que amenaza la esencia misma de la democracia representativa. Es necesario, por tanto, un debate profundo sobre la necesidad de mecanismos de control y regulación que equilibren la influencia del derecho mercantil global con la preservación de la soberanía estatal y la participación ciudadana efectiva. Solo así se podrá evitar la instrumentalización de la democracia y asegurar la vigencia del Estado de derecho.



    • Javier Julián Enríquez

      En la coyuntura actual, la Democracia parece revelarse como un sistema que, paradójicamente, somete al pueblo al control de las élites políticas, quienes, a su vez, exigen la ratificación de sus designios mediante procesos electorales. Esta dinámica, lejos de constituir un ejercicio de soberanía popular, se asemeja a una formalización del poder, en la que la voluntad ciudadana se ve constreñida a validar las decisiones de aquellos que detentan el poder. Además, el análisis de los problemas actuales se ve influenciado por la dicotomía ideológica entre las posiciones políticas de izquierda y derecha, un marco conceptual que, si bien puede ser útil en ciertos contextos, limita la comprensión de la complejidad de la realidad. La proyección de soluciones y la identificación de las causas de los problemas se ven, por tanto, sesgadas por esta bipolaridad, que impiden una visión real y objetiva.
      La perspectiva que facilita una comprensión más precisa de la realidad se fundamenta en el reconocimiento del Estado como una entidad meramente administrativa, sujeta a las exigencias de los poderes fácticos y del Derecho mercantil global. En este contexto, el Estado se erige como un instrumento al servicio de intereses de las élites corporativas extranjeras dominantes, toda vez que experimenta una pérdida de su autonomía y capacidad de decisión en favor de las fuerzas económicas y políticas que lo condicionan. En ese marco, si así fuere, se debería plantear una crítica profunda al funcionamiento de la democracia contemporánea que aluda a la manipulación del poder, la limitación del pensamiento crítico y la subordinación del Estado a intereses ajenos a la voluntad popular. Es decir, una reflexión sobre la naturaleza del poder, la legitimidad política y la necesidad de una revisión crítica de los sistemas democráticos actuales.

    • Javier Julián Enríquez

      La concepción de la democracia que se presenta aduce que este sistema político, lejos de ser un instrumento de emancipación popular, constituye una estratagema urdida por las élites para perpetuar su dominio, que delega en el pueblo la responsabilidad de sus propios infortunios. Se postula que la democracia, desde esta perspectiva, no opera en beneficio del pueblo, sino para afianzar los intereses elitistas, al eximir a estas últimas de la rendición de cuentas por sus decisiones, al tiempo que se atribuye al pueblo la carga de refrendar tales determinaciones a través de mecanismos de sufragio.
      Desde esta perspectiva, esta concepción de la democracia recuerda a la dialéctica del amo y el esclavo, en la que la aparente libertad otorgada al pueblo se revela como una forma sutil de servidumbre. Las élites, ejerciendo una suerte de «voluntad general» prefabricada, proponen un marco de acción que el ciudadano, en su papel de votante, se ve obligado a validar. Esta dinámica, más que un ejercicio de soberanía popular se asemeja a la aceptación de un destino preordenado, en el que la participación ciudadana se transforma en un acto de autoculpabilización colectiva. En este sentido, la democracia se erige como un velo que oculta la hegemonía, una ilusión de poder que legitima la perpetuación de estructuras de dominación. En ese marco, el acto de votar, lejos de ser un ejercicio de elección genuina, se convierte en la ratificación de un orden impuesto, un eco de la voluntad de quienes detentan el poder real, que transforma al ciudadano en custodio de su propia subyugación. Es la metáfora del arquitecto que diseña una prisión y luego convoca a sus reclusos para que voten el diseño de sus propias celdas. Considerando esto, y siempre en el contexto de las Democracias en las que impera la corrupción, la belleza engañosa de la urna esconde la cruda realidad de un poder que se auto legitima a través de la participación simulada, una danza macabra en la que la libertad se disfraza de obligación y la elección se convierte en fatalidad.



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