Hablemos de feminismo

Alexandra Quintanilla


Hablemos del feminismo y discutamos, al fin de cuentas, la verdadera conceptualización de la palabra.

Según la RAE, el feminismo es el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. Sin embargo, a través de los medios de comunicación y de determinadas interpretaciones incapaces de sostener con claridad su propio razonamiento, el concepto se ha deformado hasta convertirse, en ocasiones, en algo muy distinto de lo que realmente representa.

En mi opinión, el feminismo engloba una cuestión inherente a la dignidad humana: luchar por aquello que corresponde a una persona por el simple hecho de serlo. Y detrás de esa dignidad existe una palabra pequeña, pero fundamental: respeto.

La mujer no es un llaverito que se presume ni un producto que se comercializa.

No es una máquina de aspirar ni una máquina de hacer niños.

Por supuesto que su naturaleza también puede llevarla a la reproducción y al amor del hogar y la hoguera, pero solamente si ella así lo desea. Puede ser madre, esposa, trabajadora, ama de casa, artista o cualquier otra cosa que decida ser; pero, repito, solo si ella así lo desea.

¿Entonces?

¿Qué pretende el feminismo?

¡Luchar!

Se lucha por una mejora de oportunidades para que ella pueda desenvolverse de acuerdo con sus intereses y decisiones, para ganarse el pan del día.

Se lucha porque sus ideales y sus credos no sean vulnerados mediante presiones psicológicas y decires sin fundamento de una sociedad que no se reconoce a sí misma. Se lucha, sobre todo, para que su sexualidad y su cuerpo no sean violentados ni agredidos.

Se lucha por aquellas que han muerto porque todavía se estereotipa el ideal del hombre todopoderoso.

Y si refutas preguntando por qué se sigue luchando si muchas de las cosas por las que se luchó ya fueron conquistadas, te responderé que la lucha es diaria y constante: para que aquello que se ha conseguido durante siglos no sea olvidado por las nuevas generaciones y para que el objetivo no termine tergiversándose.

Porque si se deja de luchar, el progreso deja de existir.

En el libro El mundo y sus guerras, escrito por Raúl Sohr, se hace mención de una frase escrita en el prólogo, haciendo referencia a las guerras, pero yo la adhiero a las luchas: «La historia muestra que no basta con vencer, sino que también cuenta, y mucho, el cómo se triunfa».

¿Y contra quién se lucha?

Contra una sombra llamada costumbre, crianza y falta de conciencia.

El feminismo no solo es un movimiento útil para la sociedad cuando existe una causa y pesan cicatrices; es también un movimiento necesario para evitar que exista una causa y, por ende, una cicatriz.

El feminismo, en su máxima expresión, es una palabra que nos ayuda a plantearnos un problema sobre el que deberíamos filosofar con mayor énfasis, tanto en este momento como en todos los momentos que abarcan el tiempo: pasado, presente y futuro.

El feminismo pertenece a un conjunto de muchas otras luchas que pesan sobre un mundo insensible y malcriado.

Y el conjunto es tan grave y tan amplio que, si estas cuestiones no se ponen sobre la mesa, pueden llegar a obstaculizar el progreso humano y la vida en torno a la paz colectiva que se anhela alcanzar.

Detiene aquella utopía que menciona Galeano al recordar a Fernando Birri: aquella que no existe, pero que nos es útil para avanzar.

La violencia hacia el género femenino no solo la sufren las mujeres que se encuentran en posiciones desfavorables; también la sufren hombres que se ven afectados por el dolor que causa el sufrimiento de una hermana, madre o hija frente a los agravios de un ideal machista.

Y esos agravios no siempre son perpetuados únicamente por un hombre con falta de conciencia. También pueden ser perpetuados por la madre que encubre, por la abuela que justifica diciendo: «Así soporté yo; así deberían soportar las otras».

Hablemos del feminismo y tratemos sus puntos racionales; no de quitarle la vida a otro ser humano producto de sí misma ni de esa pelea vacía de género contra género.

Porque para dañar a otro no es necesario ser explícito con el sexo opuesto. No basta con señalar a quien lo hace; también debemos preguntarnos quién lo permite.

Hablemos del feminismo con bastante seriedad en el asunto, sin intentar cambiar opiniones ajenas, sino buscando empatizar con el dolor que causan las secuelas que dejan aquellos ataques por el hecho de encontrarse en una posición frágil y vulnerable.

Hablemos de la dignidad que se pierde cuando una persona deja de sentirse dueña de su propio cuerpo y de sus decisiones.

Porque, como lo he dicho antes, la verdadera lucha no es entre mujeres y hombres.

Quizá sea la lucha de los seres humanos contra todo aquello que nos enseñaron a aceptar sin preguntarnos si estaba bien.

Si es válido que con una palabra te menosprecien, que con un simple pellizco «te aquieten», que simplemente no escuchen que dijiste «no» porque es demasiado arrebatado.

Y quizá, al final, de eso se trate el feminismo: de recordar que ninguna costumbre, ningún género y ninguna tradición deberían estar por encima de la dignidad humana.

Comentarios +

Comentarios1

  • Elprincipito

    Muy bien , más claro imposible



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