Mi padre me enseñó
a comer ciruelas.
Admiraba su destreza
al degustar la fruta
y su alta presencia.
Me enseñó
a morder sutil
su pellejo oscurecido
y sorber su carne roja.
Me enseñó con esmero
y aprendí
a chupar hasta el hueso
toda su pulpa.
Me animó a saborear
su ácida dulzura
y a escarbar en su aroma
de siesta de verano,
a mancharme los labios
y las manos
del néctar de los días.
Mi padre me guio
en el dulce aprendizaje
de saber gustar
la vida.
Ahora hay un recuerdo
imborrable a ciruelas
en la caída roja
de la tarde de estío.
a comer ciruelas.
Admiraba su destreza
al degustar la fruta
y su alta presencia.
Me enseñó
a morder sutil
su pellejo oscurecido
y sorber su carne roja.
Me enseñó con esmero
y aprendí
a chupar hasta el hueso
toda su pulpa.
Me animó a saborear
su ácida dulzura
y a escarbar en su aroma
de siesta de verano,
a mancharme los labios
y las manos
del néctar de los días.
Mi padre me guio
en el dulce aprendizaje
de saber gustar
la vida.
Ahora hay un recuerdo
imborrable a ciruelas
en la caída roja
de la tarde de estío.

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Comentarios2
Mmm ya se saborea solo leerte ese RICO fruto la sola imagen antoja disfrutarlo.
saludos poeta
Gracias Alicia por tus palabras y por tu saborear el poema. Un saludo cordial.
Bellos recuerdos tan vividos.
Abrazo
Mi agradecimiento Lale por tus palabras. Un abrazo.
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