Salva Sosof

Nuestro Amigo

 

 Un día cruzó en nuestras vidas

y nos contagió con su alegría.

Por veintidós años sirvió en nuestra tierra

dejándonos toda su juventud.

Siempre caminó a nuestro lado

y, con él, vimos muchas lunas pasar,

muchas primaveras nacer y lágrimas que derramar y enjugar.

Fue tan sincero, y es verdad que, tal como somos nos aceptó

y nos mostró qué es la vida.

Fue nuestro amigo del alma, de corazón, al lado del cual

empezamos a poner los cimientos de nuestro futuro.

Supo cuándo estábamos bien y qué nos hacía feliz.

dio brillo a nuestros ojos,

música a nuestros labios y saltos a nuestros pies.

Nos enseñó a caminar siempre adelante

y a nunca volver la vista hacia atrás.

Colocó muchas sonrisas en nuestro rostro,

y nos alimentó con su ejemplo,

con su entrega, con su ciencia y con su alegría.

 Nos dejó mucho de sí y se llevó un poco de nosotros.

Nos hizo ver que nunca estamos solos

y que no existe la casualidad….

Nos reveló el maravilloso poder del amor.

El encanto de su rostro paternal,

entró en nosotros bruscamente y nos invadió de golpe.

Infundió nueva vida y esperanza,

a estos corazones para el amor ya muertos.

Nos amó con el corazón entero

y no a través de nociones que dicta el sentir.

En sus jardines sólo vimos claveles de esperanza.

Convirtió nuestros desiertos,

con su lágrimas, en ubérrimos campos sonrientes.

Cuando ya no podíamos hablar,

fue nuestra voz; cuando ya no podíamos andar,

sobre sus hombros nos cargó y fue nuestros pies.

Nos hizo descubrir

aquello que se descubre solo una vez en la vida:

“que vivimos para amar y amamos para vivir”.

Nos dejó toda su vida y sus años mozos.

Desvelado y fatigado por nuestra causa,

pero nunca dejó de sonreír.

A quienes correspondía que le agradecieran,

él después de haberlo dado todo,

lo despidieron con nada, con burlas y críticas,

hasta le llamaron traidor y ambicioso.

Nuestro amigo, en cambio, cual Jesús en la Cruz

al Padre repetía: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”,

y en el sigilo, solo con su soledad, padecía

los martirios que le proporcionaban

aquellos a quienes él, un día, les dio la vida con su vida.

Entre todas esas cruces negras y pesadas,

nuestro amigo esperó, luchó, combatió, creyó

Y venció.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.