Norberto Osvaldo Algarin

Íntima

¿Y ahora qué me espera, irresoluto cofrade?...
Si el olvido me acecha y la nostalgia me invade,
¿adónde me dirijo con mi triste reclamo?
Dejé de mi alma un poco en ese fúnebre ramo
que se seca a canícula y que consume la tierra...
Mi sino desconozco y el porvenir me aterra
al ver al derredor como un gran signo maligno.
Madre mía... Me yergo y con unción me persigno
y siento, de repente, mis sentidos en calma:
¡una férrea coraza se me incrusta en el alma
y tengo fe de nuevo y ya no siento el abismo!
Y el clarín de las dianas que llaman a optimismo
con su timbre de bronce me empuja hacia la lucha;
y el rostro de mi madre y Dios -¡que siempre escucha!-
me alientan hacia allí porque, sé, me quieren bien...
¡El tiempo hará el milagro! ¡Y la fe en la Cruz también!
Porque hallo en su concurso la luz que nos redime.
Y es tan imponderable y tan grande y tan sublime,
que brilla en mis visiones y de pronto le inspira
hebraicas melodías a mi pagana lira.

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