Alberto Escobar

Jesusito de mi vida...

 

 

 

 

 

 

 

Debían de matarlo.
Se corrió la voz de que sería el rey de Judea pero no se sabía su aspecto.
Se rumoreaba entre las gentes del pueblo que había nacido hacía poco, si bien el número de niños que vieron la luz días antes fue precisamente enorme, inaudito en aquellas tierras, no se tenía conocimiento de que semejante hornada —si se me permite el término— tuviera lugar en algún momento anterior de su breve historia.
Herodes dispuso raudo una pequeña cohorte para que bajando al pueblo diera muerte a todos los niños menores de tres años. Por fortuna, José de Nazaret se hizo cargo a tiempo de la luctuosa noticia y se hizo ayudar de un amigo para ocultarlo como fuese posible. 
Se decía que ese propósito de Herodes llegó a los oídos del pueblo de una forma, podríamos calificar, de mágica. Como bien se sabe desde tiempos ancestrales, los álamos temblones son portavoces de un mundo oculto a nuestros ojos —el mundo de los espíritus—, y que según las mitologías escandinavas el rumor de sus hojas mecidas por los vientos traen noticias de ese mundo, un mundo donde habitan entes espirituales, aquellos que tras cumplir su ciclo vital quedan habitándolo para siempre y desde allí vigilando para bien la vida de los mortales.
El caso es que —para no perder el hilo de la historia— el niño que elegido por el azar tomaría el cetro de rey, fue acomodado en una suerte de pesebre que este amigo aparejó a propósito en un recóndito recodo de su jardín, donde pensó que la soldadesca no buscaría.
Allí, y sabiendo Juan —que así se llamaba el amigo— de las propiedades curativas del cardo mariano, lo mantuvo durante los tres días que duraron las pesquisas, confiando en que la savia lechosa que se derramaba de sus hojas sería una especie de leche materna. No podía evitar el buen hombre pensar en el vacío de una madre, y en las terribles consecuencias de prolongarse este holocausto más de lo debido. 
Una vez pasada la amenaza —afortunadamente el registro de los soldados fue superficial— Juan, a la velocidad de un rayo, se personó delante del niño para ver si seguía vivo y sano, y se le llenaron los ojos de felicidad cuando comprobó que así era; Jesusito se relamía las comisuras apurando el dulzor de esa savia salvadora. El cardo fue alimento suficiente durante el breve pero infinito trecho que estuvo solo, ni siquiera —y quiero pensar por ello su divinidad— se manchó el pañal que ya llevara de casa cuando fue entregado. 
José llamó a la puerta de mañana, Juan acudió maravillado por lo que había vivido y aliviado de que la tragedia no lo alcanzara, y abriendo el duro cerrojo lo llevó de la mano a la estancia que todavía ocupaba, rollizo, hermoso, y le contó el milagro del cardo, del que el padre no pudo dar crédito. 

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Comentarios1

  • Raiza N. Jiménez E.

    Gracias por tan necesario trabajo, como lo es una semblanza de nuestro Jesús.Saludos.



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