Walter Brunini

Anclado

No extraño aquellos años
de juegos en la vereda,
fútbol, escondidas, corridas, bicicleta;
extraño aquel niño que era,
inocente, imprudente, arrojado.
Uno está anclado en el pasado,
tratando de sostener la barca a flote;
como un castigo de eterno presente;
a sabiendas que no hay vuelta atrás,
que la vida es solo ir al frente,
enterrando a cada paso
vivencias, querencias y salud.

Nunca fueron tiempos mejores
los transcurridos otrora,
lo mejor,  es la versión de mí en aquellos.
Uno no añora los tiempos, sino a uno en ellos.
Antes de la madurez; los desconciertos;
previo a comprender de que se trata la vida;
donde estaba todo por hacer y aprender;
soñar, descubrir, jugar… jugar.

¡Cuánto extraño al niño aquel que fui!
que dolor saber que nunca lo volveré a ser.
¡Qué impotencia! ¡Qué tristeza!
Si pudiera al menos regresar a verme;
espectar , desde lejos, cual espectro
saber si es cierta aquella felicidad que añoro,
quizás sea, tan solo, una idea imaginaria,
donde mi mente acude en busca de argumentar
ese atisbo de sorpresa que aún se manifiesta,
cuando descubro de todo, o algo, la esencia;
creo, que con tan solo saber que fuimos niños
se justifica la existencia.

Lo cierto es que también,
mañana extrañaré a éste que soy hoy.
Es mi espíritu temeroso que se resiste
al paso del tiempo que, implacable, me arrastra
a la carne en su dolor; al pelo sin color;
en tanto mi sinrazón arroja anclas,
a fin de aferrarse a un grano en el reloj;
en un acto frenético, desesperado;
a contra viento empujando futuro,
que un gesto de piedad, amable, me dice:
- Suelta y déjate llevar. Avanza.



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