Alberto Escobar

Isabel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora me convoca un recuerdo.
Hace veinte años, Isabel, invisible
al principio, rubia, hermosa de piernas,
curvosa de cuerpo, ojos azules, 
fuego de volcán que se escara
en un terrestre frío que arrasa 
—lo digo porque su cumpleaños,
recuerdo, fue un veintiuno del doce,
callada en su alegría, discreta, carácter
fuerte, orgullo, herida de amor, descanso
—lo digo porque según me confesó que
estaba descansando de una relación
de siete años , ¿o fueron seis?
Invisible porque no me percaté de ella
hasta que Abel me maldijo que quería
entenderse conmigo —falso como moneda
de quince euros. 
Todo empezó en esa reunión, en el centro
de Sevilla, hotel Inglaterra, nuevas tarifas
de Amena —la que ahora es Orange—
camisa blanca, falda ajustada beige, hombros
redondos, pechos breves, ojos azules mar
—y eso que los ojos que he mamado son
oscuros, si no negros—, treinta y uno yo,
ella todavía no veinticuatro, sequerón
de cariño yo —como casi toda mi vida—
ella hastiada, sanándose de una relación
que tuvo que cesar —no recuerdo que me
hablara de las razones—, me fui metiendo...
Quedamos dos veces, recuerdo, la vi con otro
por la calle, me entraron celos —fue la única
vez en mi vida que me pasó, que yo recuerde—,
llamadas de teléfono que adolecían de eco,
—por más que la llamaba ella no contestaba
hasta que contestó para que este acoso acabara
—me estoy recordando de pie, en el teléfono
de rosca que colgaba de la cocina, sumido orate
en una espiral conducente a un abismo a la vista,
un abismo que no tuvo precipicio porque su voz
paró el previsible infierno que se avecinaba.
Me avergüenzo pero así fue, lo asumo, solo una vez.
Hace que no la veo casi desde entonces,
creo que si la viera no la reconocería, o sí, no sé...
No sé si te llegué a pedir perdón Isabel.
Aquí te lo dejo negro sobre blanco — por si 
mis labios no llegaron a pronunciarlo en tu presencia. 
Espero que estés bien. Me gustaría verte solo 
por la curiosidad de apreciar como el tiempo ha pasado
por el esplendor de tus ojos, tus hombros, tus piernas...



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