Nadie_Realmente

Ayuno

Dices que mi sangre                 

es el mar donde navegas         

 

Para nosotros                          

el amanecer                             

siempre ha sido inalcanzable  

—Ricardo Bernal,                     

Autopsia para un arcángel.    




Hace tiempo que soy incapaz de distinguir la claridad de la mañana.  
Puede que sea poco, porque tampoco soy capaz de distinguir el tiempo
fluyendo en su sustancia.




Despierto tarde, cuando el día se disuelve con la luz del sol que muere,

que se posa, muerto en mi interior.




Cada sol que nace me ofrece lo que puede;

pero despierto tarde, y apenas si puedo verlos.

No se revela mi atributo, y es como si en mi ignorancia

vedara los cielos.




Y tarde, igual de tarde entro a la noche;

no aprovecho la luz o la noche entra, puntual,

así, desprovisto de sombras, me cuesta trabajo aferrarme al trazo del destino,

                                              (no existe el trazo de un destino al cual aferrarme

                                                       si siempre, sin importar el camino, voy tarde)




pero el destello fragmentado (luz solar) 

viejo recuerdo (a través de la ventana)

dibuja uno nuevo, sendero de prueba.




Para calar el nuevo terreno, dibujado por carestía,

con las palabras que marcan mi paso, respondo:

palabras que traman un sermón para arrullarme y dormir temprano.

Pero mi voz se extiende a través de la madrugada,

toma cabida con su violencia argumentada,

construye edificios incompletos, teje destinos injustificados,

crea una maraña de indecibles, frágiles significados:

el combustible de mis movimientos (uno solo),

que corrompe una peripecia ya arrasada por la discordancia.

La noche, compuesta de horas sueltas,

se arrastra en la eternidad y dura años en sus eternidades;

infiernos carentes de sufrimiento, pero acotados por la condena eterna:

los abismos insondables que se abren en otra dimensión,

una dimensión sin olvido, repleta de culpa,

de lo que no puede ser inexistencia, y se desborda cruel y pesada;

reflejo fiel de una vida atormentada:

la incapacidad de soportar lo propio por exceso de lo ajeno.




Hace tanto tiempo que no sé, más que en recuerdo, de la mañana.

Tanto que me parece, nada tiene de malo no ver lo extraordinario 

de las partículas condensadas de su brillo en un halo,

tanto que me convenzo que nada tiene de malo.

Tanto que me abstengo de esa luz amarillenta que calienta la vereda

y desintoxica la mirada.




Hace tanto que, ahora, el borde de la noche se impregna y funde

con lo que fue la mañana; se vuelve un punto de acoso,

me provoca, como si yo fuera sueño, en el cuerpo tendido, el destrozo:

una fuerte necesidad de huir, lo que convoco,

la pulsión maestra de extraviarse en la oscuridad,

de alejarse eternamente del amanecer,

que provoca en los cuerpos y en la vida despertar.




Yo no lo sé, pero amanece:

otro sol naciente se ciñe los sacrificios milenarios que perduran antaño,

viste el aura rojiza que predice su curso;

nuestro rey, astro que germina vida,

que penetra la tierra y sin sangrar

la hace madre, quien es cobijo para los cuerpos hechos de lodo,

que se secan con el calor del sol, y los nutre otra sangre.




Amanece, y mi cuerpo, bajo tierra de tela,

entre tinieblas de algodón, es invitado a reanimarse,

la conexión entre el universo establecido en un manto,

y entre la consideración del limbo del retraso,

se rasga lentamente, el líquido reseco

de la realidad en su resaca inunda mis ojos cerrados,

donde se han gestado los sueños que impiden dormir.




Despierto. De nuevo estoy en la vida cotidiana.

Siento la diferencia entre el sueño audaz y la vigilia mundana:

miro el reloj y veo que es tarde; sin represalia.




Intento levantarme pero el otro sueño me seduce, condena sobre el cuerpo,

rechazo de su ayuno; anhelo fundirme dentro de mí, gastar mis deseos reprimidos,

ser uno con los miedos que me adjudico, desaparecer mi segmento físico,

acordar con la memoria un olvido momentáneo,

insertado, alea iacta est (pero qué suerte), en la rutina,

transformar mi materia en energía,

y librarme del trastorno en su constante:

aprovechar los ojos abiertos, puestos en el techo,

juego tedioso en el punto sobre el punto, al despertar y levantarme,

como no lo he hecho hace mucho,

antes de que la mañana se disuelva y sea tarde.




Agosto, 2018

Comentarios1

  • Macarín

    Wow!, exquisito.



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