Michael de Victoria

DESPEDIDA

Amiga, cuando ríes yo río contigo.

Aquí, a la hora detenida en el horizonte por el pasado próximo a los adioses,

cuando anima en tu corazón el recuerdo de una caricia y tu piel se hace la página donde vivo,

cuando con claridad crees adivinar la ternura en mis ojos como dos espejos de una misma mirada,

y cuando tu boca despierta inquieta y pronuncias con una sonrisa, sin querer, mi nombre, amiga…

¡yo río contigo!

 

Ahora alejados por décadas de un camino oscuro, huyendo hasta agotarnos los pasos.

Ya sin tú ni yo para cada uno de nosotros, ya sin arrepentimientos y determinados en un mutuo silencio.

Porque cuando dije que eras linda, decía que no podías ser más bella.

Y así disimulaba en las palabras tanto que ya sabías porque nada estaba oculto a tu amor infinito.

Y hoy que me callo un... te quiero todavía,

no sabrás que son mis palabras mil veces te amo y por ti me muero cada día un poco más.

 

No podré llamarte con la sola excusa de recordar tu nombre

ni sabrás mirarme sin razón por casualidad en otro hombre

ni podremos asomarnos al mismo horizonte

aquí… a la hora que coinciden los adioses.

 

Tranquila. Yo sabré guardar este pacto tácito, compañera.


Porque a nuestro amor siempre le adelantó la amistad


libre de toda crueldad y cualquier reproche del corazón.


Y cuando sobre ella, atrevidos, quisimos querernos más


el manantial ya estaba seco de tanto ir con el cántaro equivocado.

 

Y a esta hora que se disipan los adioses;

cuando un suspiro se ahoga pronto en la memoria, recuerdo contigo;

y cuando unas lágrimas nos inundan esos recuerdos, lloro contigo;

y cuando al fin tu mano roza otra mano envuelta en el viento

y sonríes sin saber por qué, amiga…

¡yo río contigo!



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