Poeta al atardecer.

UNA HISTORIA REAL.

El portón estaba cerrado, asegurado con una cadena y un gran candado. Estacioné mi camioneta a un costado del camino y me fuí caminando para saludar y entregarle algunas frutas de la estación a mi viejo amigo invidente, don Sabino. El viejo estaba sentado en su silla de siempre a la sombra de su gran parrón, me detuve al sentirlo hablar porque no veía nadie cerca de él. Me acerqué muy en silencio unos metros y cerca del anciano ciego había un gallo color rojiso que cojeaba de una de sus patas, tenía una gran cresta y en sus patas dos espolones muy filudos para defender a sus gallinas. Pero acércate para ver tu patita amiguito, le decía el viejo al ave. No tengas miedo y confía en mí hermano gallo. El ave abrió sus alas y saltó sobre las piernas del buen hombre invidente; y este tanteando la pata izquierda de la imponente ave le dice. Ahhhhh amiguito, tienes enrredada en tu patita los crines de la yegua que soltó peinando su cola; espera y te los quitaré. Yo observaba en absoluto silencio y no podía creer lo que mis ojos estaban viendo; me preocupaba que mientras el viejo ayudaba al gallo una bandada de tordos silenciosamente le comían las cerezas a un árbol de la quinta de mi amigo don Sabino. El anciano metió su mano en uno de los bolsillos de su chaqueta, extrajo una pequeña y filuda cortaplumas y con una precisión de cirujano, cortó los crines que estrangulaban la patita del ave, dejando libre y aliviado al emplumado amo del gallinero. Terminamos amiguito. Ahora puedes ir a ponerte al día con tus deberes de castizo. El gallo saltó a tierra desde las piernas de su amigo humano, abrió sus alas y le ofrece al viejo el mejor canto que solo entona a los amaneceres de primavera. Mientras el ave se retiraba, el anciano hombre se queda quieto unos segundos, levanta un poco su cabeza como si buscará algo en el aire; sentí entonces como que el hombre me miraba, no con sus ojos porque es ciego; pero lo sentí en mí; y para hacer mayor mi sorpresa, me dirije diciendo: Adelante amigo grande (me llama así por mi estatura alta) gracias por esperar mientras alludaba a don gallo; y no se preocupe por los hermanos pájaros, no están robando nada, las cerezas son también de ellos.

  Poeta al atardecer.

Enero de 2021.

  



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