RICARDO V

EL MANANTIAL DE LEONOR

En una pérdida aldea

pasó una historia de amor

que sus gentes aún recuerdan

y no responde a razón.

Es la historia de una pena,

es la historia de Leonor.

 

A esta muchacha vecina,

la más lozana y doncella,

el mundo le parecía

como un cuento hecho de estrellas

y por leerlo quería

el amor de las novelas.

 

Conocida era en el pueblo

su voluntad de estar sola,

buscaba el amor perfecto

que leía en las historias

de los libros que un librero

le prestó en maldita hora.

 

Sus sueños eran intensos

con decorados de rosas,

gastaba cualquier momento

para perderse en las hojas

al ritmo que iba leyendo

con pasión arrolladora.

 

Y la muchacha en cuestión

se vino a enamorar

(caprichos del corazón)

del mozo menos cabal

que le prestó su atención

sin saber si era verdad.

 

El galán tenía porte

y la supo camelar,

la paseaba por el bosque,

la acompañaba a pasear

por el sendero del monte

donde había un manantial.

 

Allí pasaban las horas

como si fuera su hogar,

ella leyendo las glorias,

(él obligado a escuchar)

y vida poco dichosa:

de “Cyrano de Bergérac”.

 

¡Cuánto amor tan verdadero!

¡Cuánta entrega en soledad!

Ella soñaba tenerlo

y poderlo disfrutar

junto a aquel mozo del pueblo

que la supo enamorar.

 

Y en un embalse del río

con aguas de azul cristal

se bañaban bien juntitos,

se entregaban al soñar

que su amor era divino

como divino es amar.

 

Pero el mozo no fue bueno,

ni su amor fue de fiar,

y una vez que obtuvo el premio

de su miel y de su edad

la abandonó con desprecio

sin motivo y sin piedad.

 

El mundo vistió de negro

lo por ella imaginado

y de golpe sufrió el miedo

que sufre el abandonado

cuando le cambian el cielo

por el dolor y el pecado.

 

La muchacha sintió el hielo

hacer preso al corazón,

y con lamento sincero

de tristeza y desazón,

tomó el libro del librero

y al monte se dirigió.

 

Era un 12 de febrero

cuando todo esto ocurrió,

nadie supo en aquel pueblo

lo que en realidad pasó,

pero esa noche fue un duelo

pleno de resignación.

 

La buscaron por los huertos,

por el monte se buscó,

recorrieron el sendero

donde un día alguien la vio

y encontraron el misterio

de su desaparición.

 

De la muchacha ni rastro

cuando alcanzaron la poza,

señero el libro olvidado

sobre sus húmedas rocas

y la luna en claro llanto

pintó sus aguas de rosa.

 

Y cada año en este día

las gentes suben al monte

para ver en romería

el milagro que se esconde

en el agua siempre fría

al que Leonor le dio nombre.



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