Hermann Garcia

CRÓNICA DE UN AMOR.

Bajo su beliz color ocre, el capataz del granero siempre tenía un pañuelo color rosa, todos creían que era de su amada, Bibiana, la cual había fallecido apenas hacía un año, pero no, ese pañuelo había caído accidentalmente de la mano de la señorita Ana, la cual en dos semanas contraería nupcias con Don Jacob, el rico hacendado de villa doblada.   Cuando niño, el buen capataz, asistió a un colegio donde aprendió a leer y escribir, fue allí donde conoció a Anita, una niña muy bonita de cabellos rubios y ondulados, piel blanca y sonrisa infantil. Javier, así se llamaba el capataz, la primera vez que vio a Ana se presentó muy formalmente, le dijo su nombre y que le gustaría que fueran amigos, ella, tímidamente aceptó gustosa su amista, fue así como convivieron diez años.   Él contrajo matrimonio, a pesar de estar enamorado de Ana, con Bibiana, una joven muy hermosa, alta, delgada, morena, cabellos negros, mirada angelical y apasionada por Javier.   Esta relación comenzó cuando Javier cumplió 18 años, un 21 de enero, cuando galopaba en su fiel caballo trueno, paseaba por el río, cuando miró a lo lejos una silueta femenina desnuda, la cual se bañaba en el río, fue una gran atracción carnal, rápidamente galopó hacia ella.   Al estar junto a aquel bello cuerpo, Bibiana no se sintió invadida, al contrario tenía el mismo deseo que Javier, así que lo desnudó y comenzó la danza del amor: besos dulces, tiernos y apasionados, caricias sofocantes y juegos eróticos...   El padre de Bibiana, Don Salomón, supo que Javier había deshonrado a su hija, la cual esperaba un hijo de Javier y fue a solicitar se remediara la ofensa...   En la noche de bodas, así como los demás días, era pura pasión y deseo, aún cuando la barriga de Bibiana estaba enorme, ellos se las ingeniaban  para amarse, pero una vez en calma, después de terminar el acto, Ana volvía a la mente de Javier, le dolía el corazón y más que Ana había aceptado el cortejo de Don Jacob, un hombre bien parecido, educado, atento, y de buen corazón que amaba con locura a Ana.   Un día, después de la misa dominical, días antes del alumbramiento de Bibiana, Javier y Ana se cruzaron por el camino, sus miradas asustadas y enamoradas se juntaron y huyeron y volvieron a verse, se saludaron y Javier le dijo que la amaba, Ana dijo que lo de ellos no podía ser y recordó aquel día cuando Javier subió por el balcón de la casa de Ana y entró por una ventana y sorprendió a Ana dormida y la contempló reverenciosamente, al despertar Ana, sintió que él estuvo allí. Le dejó una carta y una rosa junto a la almohada, ella emocionada, la leyó y su corazón vibró porque Javier se expresó maravillosamente, la describió, cada gesto, cada olor, cada gracia, él la veneraba y no podía estar un segundo más sin ella...   A la noche siguiente, ella lo esperó despierta y así durante un mes, pero Javier no volvió  a visitarla, y no fue hasta que ella perdió la esperanza de verlo y calló en un profundo sueño, cuando él entró silenciosamente por la ventana y le besó los labios, se miraron y continuaron besándose apasionadamente, se acariciaron, olieron y desvistieron lentamente y se amaron toda la noche.   Al día siguiente, el padre de Ana vio a Javier descender del dormitorio de su hija y la tomó a ella y se la llevó a vivir, junto a su madre, al otro lado del mundo y regresó cuando ya era una mujer y comprometida con Don Jacob, ella se animó a darle el sí, cuando supo que Bibiana esperaba un hijo de Javier...   Javier lo sabía, ese amor era prohibido, pero no le importaba, la tomó de la mano, se hincó y suplicó su amor. Ana, apenada, pidió que se levantara y se negó a escaparse esa noche con su amado, dijo que no quería dejar sin padre a su futuro hijo y se marchó.   Tres días después, Bibiana comenzó con las contracciones. El parto fue una desgracia, tanto ella como su hija murieron. Javier lloró inconsolable la perdida de su esposa e hija y fue a ver a Ana esa misma noche lluviosa, subió, como en los viejos tiempos, por la ventana del cuarto de Ana y la contempló dormida, Ana despertó y vio en los ojos de Javier una profunda tristeza, sin saberlo entendió su calvario, lo abrazó maternalmente, lo consoló. Javier lloró en su hombro toda la noche, hasta que se le acabaron las lágrimas y la voz no fluyó más y tuvo que abandonar el dormitorio de Ana y se dirigió a su casa a organizar el sepelio de su familia.   Una vez sepultados los cuerpos, todo el pueblo le dio el pésame a Javier, Ana, acompañada por Don Jacob, se acercaron a dar sus condolencias a Javier, primero lo hizo Don Jacob y se retiró a traer café para su futura esposa, después, se acercó Ana y le dio su apoyo y se retiró silenciosamente, con sus acostumbrados movimientos felinos, y dejó caer accidentalmente su pañuelo rosado, inmediatamente Javier corrió a recoger el pañuelo y vio como Ana subía a bordo de su carruaje y se despedía por la ventana de Javier. Él olió el pañuelo que llevaba la fragancia de su amada y lo guardó en la bolsa de su saco.   Los preparativos estaban hechos para la boda, la cual sería a las cinco de la tarde. Ana, en su casa, vestida de blanco, admirada por sus padres, afinaba los últimos detalles. Mientras Don Jacob, estaba listo, en la puerta de la iglesia del pueblo.   Faltaban 20 minutos para la hora pactada y todo el pueblo se encontraba reunido en la iglesia, Don Jacob, radiante, feliz, nervioso y sonriente esperaba el arribo de su futura esposa.   Siendo las cinco en punto, el carruaje de la familia de Ana se estacionó junto a la iglesia y bajó la mamá de Ana y le entregó una carta a Don Jacob, la cual decía:   Don Jacob:   Espero perdone mi atrevimiento, pero, hoy me di cuenta de lo que siempre he sentido, amo eternamente a Javier y siempre lo he amado, no quise jugar con sus sentimientos, creo que esto es lo mejor para los dos, voy a buscar a Javier y vivir con él el resto de mi vida. Por favor perdóneme.   Ana.   Don Jacob salió encolerizado rumbo a la casa de Javier, el pueblo entero no entendía que pasaba y algunos siguieron a Don Jacob.   Javier yacía en el piso de su casa, sin vida, horas antes, había dejado que diez escorpiones le encajaran su ponzoña, no dejó ninguna carta y en el bosque a escasos metros de la casa de Javier, estaba el cuerpo sin vida de Ana, a la orilla del río, se había ahogado voluntariamente y se encontró la nota suicida de Javier:   ANA TE AMO...


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