Manuel Bast

Sobre La Casada Infiel: Coloquio de los hermanos García Lorca

 

 

Fue en la Acequia de Corón
por el año veinticinco
que me volví confidente
por gracia de Federico,
él era un hombre de letras
yo un aprendiz del oficio,
ambos hermanos de sangre;
aunque demás es decirlo.


En el Mesón de Jurales
chocaban copas de vino,
Federico hecho jirones
me dijo a ras del oído:


“Quiero que compongas versos
con lo que nunca se dijo
de aquella moza casada
que una noche llevé al río”.


Y así comenzó el relato,
con versos en tercerillos:

FEDERICO

En un noviembre cualquiera
me junté a mis ansiedades
y a Santiago dispusimos.

Oh, Compostela, “la hermosa”,
bien que así te ha bautizado
la Crónica de Sampiro.

FRANCISCO

Te interrumpiré en cuartetas
para decir que tu idilio
de entrada que me entusiasma,
por tal me haré paraninfo.

Mientras rebusco del saco
papel y pluma entre ripios;
prosigue con el relato
que de seguida yo escribo.

FEDERICO

Hombre, Paco, ¡no interrumpas!
que me amainan los recuerdos,
que me haces perder el hilo.

Dos espíritus cruzados
me hicieron brizna esa noche,
uno Apolo, otro Dionisio.

Vi una mozuela tan guapa
que por su estirpe gallega,
se trasnochaban los cirios

y llevaba por corona
la Catedral de Galicia
en sus cabellos cobrizos.

FRANCISCO

No es que yo quiera frustrar
la inspiración de tu historia,
pero vamos al principio:

¿La moza te conocía?,
¿dónde carajos la viste?,
¿cómo se fue ella contigo?.

FEDERICO

Escucha con atención,
¡solo escucha, no interrumpas!
o el memorar se hará cisco,

hay cosas que no recuerdo
por la ebriedad de la noche…
por ser como soy; promiscuo.

El reflejo de la luna
disputaba a las estrellas
las telas de sus corpiños,

los senos de aquella moza
hicieron cruzar mis besos
por el Itsmo de Corinto,

y apretujada en mi pecho
hice un verso de su nombre
y de su cuerpo hice un himno.

la recosté a la barranca
cubriéndola con las sombras
de dos frondosos encinos.

Todo calló en el momento,
las aguas se hicieron mudas,
se enmudecieron los grillos.

Allí el amor se hizo verbo,
lo espiritual se hizo carne,
allí amantes nos hicimos

y aunque su nombre recuerdo
no lo digo por respeto
al padre de sus dos hijos.

De todo cuanto pasó
fueron cómplices las sombras
y testigos los encinos,

vaya que tú también, Paco,
(porque a ti te lo he confiado)
eres cómplice y testigo.


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