Pandra

Del amor entre diques y caudales.

Nunca he comprendido la idea de que si amas, debes dejar ir.

resisto como dique contra ella, me niego a aceptarlo, no logro concebir una forma de amar en la que no hay sacrificio propio, no puedo soportar el peso de tanto ego.

Entiendo que prima el dejar ser, en lugar de estar 

y que donde no puedas hacer ambas, ahí no es tu lugar. 

¿Qué clase de amor enfermo se proclama sin cesar 

cuando no se está con la persona amada?

 cuando las circunstancias dadas son uno mismo que no desea transformarse

¿qué sentido tiene hablar de cambio pero abandonar la lucha sobre la marcha porque resultó demasiado difícil? acaso, ¿hay alguna manera correcta de amar? 

Donde no se haga daño, dirán algunos, mientras otros afirman que éste es inevitable y necesario, porque de él también se aprende, no hay mejor maestro que el dolor, la bella sensación que habita el corazón y se agita tan pronto te bebo, cerca o lejos me recorres tal cual linfa el cuerpo.

 

Me dejaste una parte de ti y te llevaste contigo todos mis pedazos, 

todas mis esperanzas escaparon a tu lado, ya todo está muy roto. 

El cuerpo empuja como imán para regresar por sus trozos sueltos, 

insiste contra la corriente, buscando aquello que nunca podrá tener, 

porque ya no le pertenece y nunca más lo hará.

No importa cuanto nade, la corriente siempre será más fuerte que la voluntad,

esa que ya no está, que huye de ti, de un amor teñido de partes, de tormentos y momentos

de risas y pesares, lágrimas y soledades, carente de tiempo y espacio.

No hay trinchera contra la memoria. Memoria cansada de pasados, remordimientos, intentos, pendientes, mentiras y venganzas, circunstancias, decisiones, esperanzas, motivaciones, sentires y sentidos. Corrientes formadas por lágrimas, que me sobrepasan, me superan, me ahogan. No importa más, me dejaré llevar por sus canales, que me arrastre hacia donde decida, como siempre lo ha hecho, usará el impulso de mi llanto como remo.

 

No más adioses con formas de te amo, no más abrazos si no hay lazos, no más miradas que traspasan el alma, no más tus ojos observando los míos, no hay más ríos que se dirijan hacía ti y no puedo seguir nadando en dirección opuesta, seguir prendida a la rama que mantiene esto con vida, mientras la piel se desgarra con ímpetu. El raudal no da espera,  es momento de dejarme fluir, he alcanzado mis límites, los superé nadando aquella noche entre polvos blancos y pavimento, dejándose arrastrar mi cuerpo por las fuerzas de la naturaleza, impulsos de adrenalina cobijaban mis piernas, gritos y sollozos que desprenden el alma, surcando caudales oscuros, anegando el hígado en busca de muerte.

 

Ahora los flujos que me llevaron hacia ti, desembocan por otros brazos donde no hay final, mana el devenir constante, sensaciones de recuerdo me abrazan con aguas que ya no son mías, pues te traen a ti.

La fuerza de mi voluntad aguarda  suficiente para contemplarte desde la distancia, sonreír al verte ser, porque en mi alma no hay tiempo para el rencor, las aguas con su constancia lo limpiarán todo, darán nuevas formas a las piedras, hasta encontrar el lugar donde pueda por un instante florecer tranquila.



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