walter rafael aguero gomez

La orquesta del Titanic.

Hermoso, soberbio y orgulloso,

zarpaste con los sueños

de seres envueltos en el confort,

en la seguridad;

pero,

el zarpazo del destino

estaba oculto en la noche.

El caos llegó sigiloso.

La música vestida de armonía,

aparecía para adormecer aquel miedo

que apenas despertaba.

La resistencia numantina

de aquellos intérpretes

de la calma y la esperanza,

los llevó a aceptar

con nobleza y heroísmo,

el final de aquel viaje.

El bálsamo de la melodía

se hundió con los gritos de angustia.

Un siglo más tarde,

el mundo naufraga

en el lodo de una pandemia;

mientras la OEA, la ONU, la OMS...

escriben en el pentagrama convencional,

los signos que mantienen el orden,

dejando en un silencio cómplice,

la verdad.

Algunos pueblos,

viven su mayor naufragio

en un mar de ideologías vencidas.

La riqueza y sus lujos,

se sumergen en la cuarentena;

los pobres se quedan en casa,

para participar en una comparsa

con disfraces de igualdad,

de miseria y dolor.

Los botes salvaron algunas vidas,

otros siguen en el barco de la calamidad,

indignando el orbe.

El grupo musical

sigue alegrando sus vidas

con letras de buenas vibraciones;

ofreciendo sistemas inmunitarios

que los ayuden en su lucha,

muletas utópicas

que los ayuden a deambular.

La neblina

de la madrugada más oscura,

esconde el nuevo amanecer.

El ruido de los negocios

no permiten a los nuevos ricos,

escuchar los llantos y los lamentos,

de millones de náufragos.

El sobreviviente algo tendrá que hacer;

la luz del nuevo día

le hará descubrir el talón de Aquiles

del gigante que los aplasta.

 

 

 

 



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