Jesus Alejandro Reina

Imprudencia

Peco en la imprudencia de amarte

sin que el traspié de la duda nos devore

o las grietas del dolor nos escueza las manos.

 

Te ves tan infinita como el mar al terminar mi vista,

y tan extática como los colores contenidos en la luz.

 

Eres el agua que da vida a lo que toca

o el cielo de un cometa viajero

que traza en un lienzo inacabable 

la silueta de la belleza. 

Como un sueño perfecto, 

sin límite, 

así es el trinar de un encanto 

que se alimenta de tu corazón rebosante.

 

Habitas, omnipresente con tus cabellos libres,

con trenzados de bondad e insipientes misterios.

Llevas el aliento de Dios en las sienes

y el vino de Caná en tu boca

que se obsequia en el tiempo 

como el alma al amor.

 

Fuegos que avivan el ímpetu

se abren paso como lava potente

 sobre el milagro que reposa en tu sangre,

en esos canales insondables 

dónde nació la alegría,

dónde se escribió la paz.

 

En tu mirada forjaron la bendición y gracia,

crearon el libro de la vida,

diluyeron mi nombre sobre tus páginas

y pequeño, 

Ahogado en el mundo,

inahlé de tu piel de trigo 

bebí de tus poros de nectar,

la sabiduría que atesoran los ángeles,

el celo que atrincheran para ti los lirios.

 

Afianzados en los samanes, 

cimbrado a las raíces del cedro en tus convicciones 

se tejen los pasos seguros de mi historia. 

 

Y al finalizar las noches, 

en el arrullo sedoso 

que permea las hojas rutilantes.

Tu ser magnífico,

embebido en la realeza de un guayacán,

despierta al universo al abrir tus ojos.



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