OrlandoWMX

LA NICOLANA

Me han contado una historia, yo no lo sé de cierto. Quienes me la contaron la suponen. Y yo creyendo en ellos, la supongo también.

Me han comentado que nuestro patrón fue antes esposo de una tal Nicolana, digo antes de venirse acá con nosotros. Y que se despidió de ella solamente con la mirada. De pronto se le pego lo señor y se salió. No acaricio la frentecita de uno de sus muchachos ya pubertitos, ni beso la tierna mano de su chamaquita única. Será porque la traía cargando la Nicolana, pero igual no se despidió de nadie.                                                                                                                                 

Donde mismo se quedó Nicandro su vecino, allí tirado de borracho como siempre. Y también quedada su mujer con la carga de nueve hijos. El perro huevón, Juancho. La rana taruga, Rana. Las deudas y los sueños de diez años de que se rejuntaron el patrón y la Nicolana. La casita cochina de pobres desalmados. Allí siguen. Pero ahora sin el patrón, y por lo visto sin su mujer que cada día está más loca. Ha de llorar a solas, y sonreír por cortesía a los chamaquitos nomas para que piensen que tienen futuro. Dicen que no. Yo no lo sé de cierto pero ya se chingaron.  Pobres de ellos, dicen que mejor ni hubieran nacido.    

 

[…]                                                                                                                                               Las nubes en el cielo están ya nubladas según los ojos del patrón que las refleja en su mirada gris. Dicen que porque ama a la Nicolana y está arrepentido. Igual puede que no. No es seguro. Eso platican las señoras después de misa o en la plaza.  Igual cuentan muchas cosas. Una unge a su propio esposo con pretensiones de alcurnia y la otra lo revuelca donde los puercos en cuanto la primera se pierde por las callecitas miserables que el patrón mando construir.  Miserables pero empedradas. Mejor que nada. Mejor que andar descalzos estos papitos de hule, y bien escondidos los pajaritos tras los harapos que traemos puestos.                                                                                                                         

La gloria sea del señor. Y todita. Dicen que le gustan jovencitas y morenas igual que su tirada. Ya lo veo, la Gloria es más clarita pero requemada por el campo. Pero tiene los mismos ojos que la Nicolana, chiquitos o grandes según el día y el uso que les dé el patrón, contrastante y bella siempre con el verde y rosa. Como Santaclosita. ¡Ah porque si, hasta eso! El patrón –que no le conozco el nombre, que no le gusta que le digan por su nombre y que en estos 25 años ya se nos olvidó-   hasta costumbres que disque unidenses o sepa la fregada trajo aquí al pueblito. Porque eso sí, bien cuidada su casita. Con criados que suman más de tres familias. Y unas cinco esposas, así les decimos para no decirles peor, no fue culpa de ellas nacer en esas tres familias, si acaso mala suerte.                                                                                                    

Nadie entra. No le gusta. De vez en cuando dicen que manda traer al ratero intrígoso de Rigonaro, su hermano. Todo para que le dé información “confiable” de su Nicolana, que porque disque la cuida de lejos, ve tú a creer eso. Y siempre el mismo reporte: ya le di sus pesitos, que están bien. Que no vayas. Que ya esta vieja y le da pena. Martita te manda saludos con su tío del alma -él-. Que ya saben todos trabajar la tierra. Y el más grandecito ya se casó hace 2 meses. No hace falta que mandes presente. Que sabes que no te recuerdan. Que no quieren hablarte. Que ya se morirán por probar de la única tierra media fértil que queda por estos rumbos, que es la de su padre… No le dijeron así, no dijeron mucho. Y no le dio los pesitos. No le dijo padre. No es su tío del alma, no hay Martita, se murió unas dos semanas después de salido su padre, cuando llego una enfermedad parecida a la gripe.  No se lo ha dicho nunca por no hacerlo sufrir, o por ganarse unos pesitos más con lo que le tocaba a la pobre… Dicen, y yo creyendo en ellos, lo digo también.                                                                                                            

Nada bueno sale de los hijos del patrón. Y dicen que se comprende, yo no sé. Pueque si. Yo no lo sé de cierto. Total que si habían dicho que mejor no hubieran nacido, ahí andan todavía, no por mucho. Aquí la gente vive poco, yo tengo cuarenta. Ya estamos viejos todos. Aquí el mejor cuidado es el patrón. No le conozco la cabeza por el sombrero, pero las patillas son todas blancas, y anda siempre bien vestido, y se le ha visto con una dama de otro pueblo, de buena familia y rica. Encaprichada por la galanura y dificultad del señor. Aloja también un par de arrugas y algo de paño por el sol, pero no está chimuelo, ya quisiéramos todos tener la mitad de dientes que tiene.                                                                                                                             

Que disque manda traer un doctor disde la capital, que disque lo manda con su Nicolana, que disque le roba el dinero porque nunca le abre, porque ella de mujer nunca le acepta nada. Lo aceptaría a él, pero su ambición no lo deja, y ella sabe que de joven ya se le notaba lo rejego. Así se enamoró. Así se morirá: queriéndolo, amargada, lejana, perdida, atómica, importante, olvidada, amada, legendaria por estos rumbos. La única que hizo sonreír a ese hombre que se la pasa trabajando de sol a sol, que quiere dinero para no compartirlo con nadie, que no sonríe, que tiene facciones endurecidas quien sabe si por el tiempo, la dureza del trabajo o la soledad. Y que morirá solo, después de tantas. Famosa será cuando yo tampoco este y mis mocosos suden la tierra que yo antes sudé.  Y oigan hablar de ellos. No de mí. Yo ni nombre tengo. Me tragó esta historia, que consume todo y que no es importante, solo para nosotros. Dicen que estamos perdidos, que los mapas no nos hallan. Que nadie nos busca. Que no podemos salir y que quien entra no sale. Como en el fuego. Y ni tanto porque no dejaremos cenizas y el humo no se divisa a lo lejos, se huele sólo de cerca pero asfixia.  Que desaparecemos lento. Que se extinguirá cuando enterremos al patrón. Que nadie se quedará con nada porque nadie lo quiere. Que nadie quiere quedarse solo. Que nadie quiere ser como él.  Que por más fallida, veneran su historia, que no olvidan a nadie. Que no se odian ellos mismos. Que comparten el pan. Que no violan mujeres. Que no se aprovechan de los ignorantes, si acaso lo son. Que no dejaron a su Nicolana. Que no roban, y les gusta vivir. Pero vivir.                                                                                                                        

La Nicolana. El patrón.                                                                                                        

Ya de por si no fue tan malo. Aquí todo andaba malparido y solo un hombre como él pudo poner sopa caliente en nuestras ollas, y frijoles. Y agua en pozos. Alguien tenía que hacer el sacrificio. Aquí Jesús no llegó, ni evangelizó ni cruzó su mirada vencedora que propicia la aventura sin dolor, que cultiva la victoria sin sacrificio mortal y fortalece el amor, que nutre el suelo que se pisa de verde y esperanza, que enraíza todo ante cualquier deseo inútil, poniéndolo más allá de ambiciones poderosas. Apenas lo trajo el padre Rendón, y eso también por obra del espíritu santo, que aquí se apersona como el patrón. Algunos le dicen el demonio, o “ese cabrón” como sus hijos, o lo piensan como la Nicolana que de lejos le sustenta. Que lo hace querer más para un día dárselo. Quién sabe. Yo no lo sé de cierto, pero quizá la hará feliz en otra vida. Porque aquí quedan como 20 años, ya luego quien sabe si de fantasmas o polvos estaremos todos. Como rumores dentro de paredes derrumbadas y crujidos de muebles de madera vieja. Sabe. Yo no lo sé de cierto pero esta historia esta maldita. Y nos iremos sin despedirnos, o como el patrón, con la pura mirada. Con nuestras propias Nicolanas, que por aquí hay muchas; amargadas, lejanas, perdidas, atómicas, importantes, olvidadas, legendarias por estos rumbos.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.