Cesar CB

Mi herida

Sintetizado el paisaje exterior

con el caudaloso paseo

y los tonos pardos de la tarde junto al color

del carmín de sus labios

que al brillante marfil eterniza

subió mi mano

para abrir la cortina, y así verter

como cientos de miles de caños de fresco verdor

concentrados, en una sola fracción de la brisa

sobre su mejilla encendida;

brisa que hiciera las veces de pausa

y que en aquella jornada era nuestra

desde el profundo camino

hasta el inmenso vergel

que por sus ojos veía,

colmado de arcos de punta

que le daban cabida,

a esa preciosa escultura que,

hacia mi boca inclinada inducía

como si hubiera sido ese el propósito

¡si sólo fuimos a ver cómo hacían el café!

y acabamos hundidos el uno en el otro y

¡como el muerto al hoyo eterniza!

así me diera ella

en mitad de mi alma ¡tan certera!

que aún me salpique su risa

incluso habiendo muerto mil veces

-y muerta sigua- aquella tarde

y sus cincuenta días

y noches infinitas,

que ahora enmudecen al sol, por carecer,

su potente expresión

de un poder tan inmenso

como lo fue su glorioso tambor

acompañando a mi único verso

hacia el cielo

que nunca, antes; que nunca, después

se hubieran unido dichos extremos

sin el reguero de curvas

que aquel camino tomó

y que en uno de ellos

me hiciera tanta ilusión

descubrir su cabello

y tomarla por mía

como se doma el valor con el día

la sinrazón con la vida,

o un indomable huracán

es domado por la simple caricia

y así la mecía,

y entre mi pecho y la brisa cabía

toda entera cabía, y se caía

hasta lo más hondo del bosque

donde desapareció el camino

y también los múltiples sonidos del día

y de las alegres gentes

que por allí se perdían

sin haberse propuesto

el robarle a su dueño la razón y la vida

así

así, así

así me caía

y aún caigo

hasta lo más profundo de hoy

que me acuerdo y me hago

a mí mismo esta herida



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