Joseponce1978

Muerte a la estatua viviente

En una ciudad cualquiera, un hombre se ganaba la vida ejerciendo de estatua viviente, caracterizado de troglodita. Hiciera frío o calor, todas las mañanas a primera hora, en una céntrica calle concurrida por turistas, colocaba su cajón plateado en el suelo a modo de pedestal, se subía encima y permanecía durante toda la jornada sin pestañear siquiera, de pie, ataviado con un vestido y unas botas de piel y agarrando con su mano derecha una cachiporra que apoyaba en su hombro derecho. Ungido de cuerpo entero con una pintura de color bronce, merced a una larga trayectoria profesional en el gremio, había conseguido dominar los estímulos externos de tal manera, que no se inmutaba ni cuando los gatos se le subían a la cabeza. Su puesta en escena era tan auténtica, que la mayor parte de los días apenas sacaba dinero para comer, pues los viandantes pensaban que se trataba de una estatua genuina, y no reparaban en el bote de las monedas situado a sus pies.

El sector artístico de las estatuas vivientes se convirtió en una labor de riesgo cuando un grupo de cuatro personas, amigos de la infancia, que con el paso del tiempo cada cual había decidido acogerse a una rama ideológica distinta, lo cual no era óbice para seguir conservando su amistad, se propuso derruir todas las estatuas de la ciudad, por tratarse de imágenes representativas de personajes históricos opuestos a sus posiciones ideológicas. El grupo lo formaban un fascista, un comunista, una feminista y un animalista. Habían arrasado ya con casi todas las estatuas de la ciudad, pese a las discrepancias entre ellos acerca de qué personajes habían actuado de manera correcta y cuales no. En primer lugar derribaron una escultura de cristo, por ser el germen del cristianismo y, por consiguiente, el causante de los crímenes pergeñados por la iglesia. En este caso, el único que puso alguna pega fue el fascista, pero bastaba con que a uno de ellos no le resultase agradable la estatua en cuestión, para terminar siendo arrancada de su pedestal. Ni los monumentos levantados en honor a personajes de ficción escapaban al juicio destructivo de los 4 amigos. Hasta don Quijote había sido bajado de Rocinante por maltratar al escuálido caballo. La única que permaneció en pie fue la estatua de la libertad, por falta de fuerzas para derribarla, dado su gran tamaño, y no por falta de ganas.

En esto, el grupo pasó por la calle donde se encontraba nuestra estatua viviente troglodita, y sus 4 componentes comenzaron a sacar sus conclusiones.

- ¡Abajo con el cromañón!- Comenzó hablando el fascista- Bien es sabido que estos fueron los primeros comunistas de la historia. Sus medios de producción, como herramientas de caza o útiles para recolectar, pertenecían al clan en conjunto, y al ser nómadas, no tenían territorio en propiedad. Estos fueron los inventores de la lacra comunista que tanta sangre ha derramado a lo largo de los últimos siglos. Son los máximos responsables de las atrocidades expuestas por Marx y ejecutadas por Stalin o Chavez-.

- En parte llevas razón- le replica el comunista -Pero además de comunistas, los cromañones fueron unos fascistas de padre y muy señor mío. ¿O acaso no sabes que ellos exterminaron a los Neandertales, al creerse superiores, en el primer ejemplo supremacista de la evolución humana? No basta con derribar esta estatua, además sería conveniente quemarla. Dejadme que yo me encargo-.

Al oír esto, al troglodita viviente, que ni siquiera había movido un pelo el día que unas avispas se metieron en una de sus botas para enjambrar, comenzó a erizársele el bello del espinazo.

-Totalmente de acuerdo con vosotros, y además unos misóginos de campeonato eran- añade la feminista- Los hombres se iban de caza y a las mujeres nos mandaban a recolectar o nos tenían en las cuevas moliendo semillas, como si nosotras no pudieramos retorcerles los colmillos a los mamuts. ¡A la hoguera la estatua cromañona!-

- Y por si no lo sabéis, sus técnicas de caza eran, cuanto menos, de dudosa ética. A quien se le ocurre hacer sufrir a los animales así, tendiéndoles emboscadas y matándolos a pedradas o lanceándolos- Remató el animalista.

La unanimidad a la hora de aunar criterios para demolerlo dejó sin aliento al hombre estatua. Él había sido un profesional de los pies a la cabeza durante toda su vida y no estaba dispuesto a dejarse atemorizar por lo que estaba oyendo, pero cuando llegó el comunista con una lata de gasolina y comenzó a rociarlo, viéndose sin vía de escape al tener a sus espaldas el muro de un edificio, no le quedó otra opción que darle con la cachiporra en la cabeza y salir corriendo sin pararse a recoger el bote del dinero.



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