Rostro amado

Alejandro Schleyer

Veo tu rostro alzarse.

En mi abismo resplandece
y se impone con su dulce presencia.
Tu rostro…
¡qué misterio!
¡Qué misterio es contemplarlo!
Me detengo en cada facción,
en cada rincón,
en cada detalle.
Me gustan tus labios, tu nariz y tus ojos.
Me gusta todo lo que veo,
pero es mucho más que colores.
¡Hay un fuego en ti que quema!
En mi abismo, tu rostro vence el frío
—un frío interno y descarado,
frío frío y muy helado,
siniestro,
que me despoja de todo,
de todo fuego—.

¿Por qué me gusta acercarme a tu rostro?
Porque es cálido
como un hogar.
Tu mejilla con la mía…
y pierdo el frío de la soledad
y así pierde el frío que pierdo.

¿Por qué me gusta tu rostro?
Porque es un rostro milagroso.
Porque incluso en la distancia,
invade mi interior y se corona
como el rostro más amado,
el amado rostro.
Y con él —con tu rostro—,
se enciende la llama extinguida
por los sinsabores de un pasado entristecido,
pasado que era antaño un horno,
hoy bastante apagado y vacilante…
Mas se enciende en mi presente
un nuevo fuego que devora,
un fuego nuevo, cariñoso,
que crece y crece y me consume
y me devora
y devora la noche
y devora el frío —un mal helado—
y siento los dedos de mis pies nuevamente
y mi cuerpo descansar del hielo.
Renace mi alma, mi vida, de nuevo…
y vivo… y vivo…
vivo gracias a tu rostro.

Hay algo que me sorprende, no obstante,
y es que las llamas de tu fuego percuten un sonido,
un ritmo variante, libre, gitano.
Siento los sonidos de un tambor
que canta un canto que es canción de tribus
cuando la fiesta se acerca, la dicha.
¿Será que habrá una cosecha?
Me lleno de gozo y esperanza
con cada golpe de las llamas de ese fuego,
pues cada golpe, cada uno, es en honor tuyo
y un regalo mío.

¡Rostro milagroso que es fuego y melodía!
Percute el ritmo, el ritmo que es abrigo,
ritmo que suena en mi corazón
como un corazón drogado por el amor inmaduro,
pero que ahora conoce
—y conoce bien— el dolor.
Percute el ritmo, ritmo que resquebraja,
ritmo que es ritmo,
ritmo que es alegría,
que es libertad.
El hielo no resiste la música;
se hace añicos
ante tanto golpeteo de cariño
de tu rostro tan amado por mi corazón.

Tu rostro eres tú proyectada en mi alma
y, en mi alma, eres hogar, música,
éxtasis divino.
Eres la antorcha que interpreta una sinfonía tribal.
Eres el yembe que abrasa el abismo helado.

Agradezco al cielo que su divino plan
haya considerado mi rescate.
Tu rostro es mi rescate…
del veneno que envenena mi jardín
y de la enfermedad que vino de mi muerte
que hubo en un pasado que en el pasado ya es pasado.

Veo tu rostro alzarse majestuoso
en mi nuevo corazón renaciente y renacido.

Tu rostro…
¡qué misterio!
¡Qué misterio que tu rostro sea mío!

  • Autor: Alejandro Schleyer (Offline Offline)
  • Publicado: 26 de abril de 2020 a las 23:03
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 21
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