Jeremiel

Anhelo de paciencia

Sentada estuve unos minutos, con esa certeza que nos dan los sueños de esperar, aún cuando no se sabe que se espera; oí su llamado y un salto de emoción y no pude sino llorar. Tenía tanto tiempo sin verle que pensé que ella había sido el sueño, pero el sueño era mi vida sin ella, y solo ahora lo veía, y la veía, borrosa por el empaño que las gotas de llanto dejaban en el cristal de los ojos. Venía corriendo hacia mí, con la efusividad de siempre, ¿como puedo extrañarla tanto que, a la hora de verla, no puedo sino esperar que ella venga hacía mí, con la esperanza de que no se desvanezca cuando la toque?.

Por eso estuve sentada, inmovil, fría, esperando que todo fuese real, que la quietud impidiera que el sueño se desvaneciera. Cuando la ví me puse de pie. De pie estuve, ya sí, unos segundos, salto hacía mi y la abracé como si la acabara de conocer, desbordé en un llanto que igualó las cataratas más puras y me dió la sensación de estar libre, en paz, por fin, realizada. Sentí que era la primera vez que la veía, sentí que era la última, sentí que la amaba, llegué a pensar que el tiempo podía detenerse y repetir eternamente esos segundos de pie teniendola en mis brazos, suave, ya grande, pero tan pequeña entre mis brazos, como si siempre hubiese estado conmigo y necesitado de mí, como si jamás se hubiese ido.

Sentada estuve unos minutos, de pie estuve unos segundos, y cuando pronuncié su nombre ya no estuvo ella, solo estuve yo en mi cama, despertando, con la almohada empapada de lágrimas y dos sabanas envolviendome por completo: la primera, la de tela, la segunda, mi soledad.



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