Walter Trujillo Moreno

LA MAR Y SUS CARICIAS

Al mirar la mar diría que es eterno,
no tiene nada que esconder,
tiene tiempo para todo,
parece que te conoce,
no tiene secretos,
se siente muy fuerte,
da la impresión de saber todo.

 

Sin pensar me acerqué a ti sigilosamente,
sin hacer el menor ruido,
mirándote a los ojos,
sin parpadear para no levantar sospechas,
me gusta verte en silencio,
reposando,
acariciándote,
ofreciendo tus hermosuras.

 

Eres la vida en color y brillo,
pareces una diosa,
tu cuerpo es infinito,
me recuerdas el amor cuando sonríe,
la noche cuándo se recuesta,
al día cuando sale de paseo y sueña,
y tú cuando te pierdes en tu armonía.

 

Al mirarte intensamente perdí el sentido,
descubrí tus extensos y calientes brazos,
me abrazaban,
me daban seguridad,
obtenía la paz añorada,
me sentí dentro del vientre materno.

 

Por un momento me abrazo el miedo,
me gustaba estar contigo,
perder la voluntad a tu lado
sentirme como gaviota en su regazo.

Mi inseguridad crecía,
me llevabas muy lejos,
quizá a tu palacio sensual,
a tu nido escondido,
al fin de tu mundo.

 

Cabalgaba en tu hola azul preferida,
mis ojos estaban cerrados herméticos,
el miedo me poseía,
una paz final me acurrucaba,
creí que estaba soñando.

 

Pasaba todo como real,
la mar me abrazo con fuerza,
me mojó la frente,
el sol quemaba mi semblante,
salté a un lado instintivamente,
estaba mojado,
sabor a sal,
con la idea de ver el mar,
desde otra costa,
desde otra roca,
detrás de otro sueño.

 

Por Walter Trujillo Moreno, diciembre 2019, Portugal

 



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