Juan Q

NEANDERTHAL

 

Es un juego magnífico,
en el que tú y yo nos reencontramos
desde que al abrir los ojos
no quisimos devorarnos mutuamente,
al contrario, reconocimos con sorpresa
en la mirada del otro
un universo encantado.
No fue sólo un admirado saludo;
más allá del espejo estaba
una sonora inmensidad,
plétora de poblaciones posibles
y alimentos que recordaban
la dulzura de un lecho común.
Siglos después han pasado al galope
los cuatro jinetes y una infinitud
de bosques llenos de hojarasca.
Quizá la vida se sostenga
a pesar de todas las heridas.
Alza tu lanza y saluda, hermano,
a la madre que aún nos espera.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.