Jesús Oscar Ugalde

El chido

-Es de la más fuerte- dijo el guiñapo,

con las entrañas contaminadas,

con el chipote en su frente («Es un coágulo») .

 

Arrojaba su botella,

vacía su botella;

Otrora tuvo 4 grados de agua.

 

Dictaba el designio de las cañas.

 

Tan alcoholizado estaba;

navegaba en el alcohol,

un día incendió su cuerpo con solo respirar  («Oye, carnal, ¿no sabes quién quemó el sofá?»).

 

Eclipsó por momentos a un cíborg,

se sació de ‘mejorales’ («¿Pus qué, güey?»).

 

Acudió a un restaurante

equivocando sus exigencias,

perdiendo la compostura («por favor disculpe, caballero. Creo que no fui claro»).

 

Intentó cruzar la frontera (cargado)

se fumó su propio cuerpo.

 

Corría chimecos

¡Rata del asfalto!

 

Embaucaba mujeres,

tenorio y misógino;

fuera de responsabilidades de cada hijo procreado

sufría el abandono de ellas («carnal, yo la quería un chingo»)

Llenaba su vida con cortejos,

hasta que la vista se le esfumó.

 

Tomó ácido y sus vísceras estaban intactas,

se engarrotaba el canijo («carnal, no puedo moverme»).

 

Era el guiñapo, sin duda,

un personaje inusitado,

incluso de magia extraña.



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