Sepulcro Beltran

La cabaña de Kino

 

se yergue en un rincón de la playa,
con el techo del porche de palmas acabadas
por el salitre, la vieja cabaña playera.

Parece tan apacible, que apenas se
conmueve con el ruido de alguna palmera cercana, donde sueña el amoroso nido de una gaviota.

Ya nadie la habita, ya nadie la quiere,
pero es que acaso nunca la habitaron humanos?

Aun así ella vive, su viejo corazón palpita
con un profundo latir de resignación,
cuando el abandono la hiere y la desangra
poco a poco en las mareas altas.

La recuerdo de vez en cuando,
la cabaña en silencio, un patio trasero
luminoso, con una sombrilla y sillas viejas,
decorado por la hierba seca de los veranos
pasados, una barda de ladrillos carcomidos
y cemento barato que, al caer de los hirientes
rayos solares, en conjunto con la brisa
marina, poco a poco la han despintado.

Y en las oníricas tardes de agosto, esas de tintes rojizos y azafranados, espera la llegada del índigo nocturno y su manto estrellado, para así poder seguir soñando con las risas, las olas y las llamas de las fogatas que traen consigo los humanos.

 

 

 

Eternas Lunas.



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