Macedonio IV

A mi segunda madre.

Un día lleno de muerte, alegría, perversión, cautela…

en fin, otro más,

como fragata hambrienta, mi mente

dio en el vasto mar de mi interior… un chapuzón:

me recordé vivaz, con la altura de un buró,

60 kilos menos y un biberón en la mano.

 

Vi a mi abuela, con sus bastas manos

aprisionar mi delicado cuerpo:

¡la vi anhelar no fuese yo

en sus brazos!

Su mirada perdida, como la muerte de un niño,

a todos desconcierta.

Su corazón ya sólo sangre bombea,

ya sólo mantenerla viva sabe.

¡Está muerta en vida!

 

No la juzgo

pues no la entiendo.

¿Es tan doloroso perder un hijo?

Bueno, debe serlo

si no devuelve tú

¡oh mañana!, el brillo en sus ojos,

el negro en su pelo,

su fuerza, su canto.

A veces

creo tener una finalidad

y hasta en el destino pienso:

¿nací para mitigar su pena,

para reavivar su canto?

No sé si el negro de su pelo vuelva,

tampoco, si mi tío venga,

lo único cierto es mi amor hacia ella.



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