RICARDO ALVAREZ

BASTONES LARGOS



 

 

 

 

 

A veces transita mi paso la misma huella del camino,

en este suelo Argentino que dejó de ser patria soberana

veo el cartón en las paredes  junto al harapo del niño desnutrido

que el ciego desbalance acentuó en papel la cruz del mañana.

 

En esos comprimidos espacios la carne truena atiborrada,

hasta el hueso cruje ante la confinación de lenta muerte.

El obstinado sortilegio tiró dados de hollines y venganzas

antifaz de carnaval a la magrez solitaria la mácula del cubilete.

 

Que saben las altas torres de los oscuros ministerios…

De la carne viva rilando en la escarcha con la púa en la espalda.

De la acuosa cuchara donde nada el estigma del fideo

ni de la herida al alma tísica que sin voz el dolor no clama

 

el pringue de borrascas delata los suburbios

entre ruinas de sangre las calles se hastían de lágrimas.

Mausoleos de lamento, manchón de pútrido musgo,

la desvergüenza sortea gasas entre hospitales y plazas

 

donde el poder no arrastra el esplendor de su vara,

anda placido entre las brumas de su majestuoso averno

mordiendo la tristeza de las masas angustiadas

donde el pié desnudo se ajusta al dictado del invierno.

 

Cubren latidos que pulsan  corazones de intemperie,

el residuo irrumpe la exacta estadística del mandato

pero acá abajo sucios traidores de mueca inerte

la pompa claudicó hace más de cincuenta años.

 

 



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