Denil Agüero

La bendición de compartir

Súplicas de ilusoria existencia, de una hermosa morena custodiando la noche

salvaguardando con fotografías el barniz de sus cándidos pechos

resguardando con historias la incierta jurada virginidad perdida

debido al inquebrantable meneo de sus índices húmedos.

 

Quizás estaba sola, haciendo compañía a únicamente su alrededor

o quizás en exceso acompañada, por el inconmensurable poderío de su ternura

por las infinitas sentencias de cariño, ocultas bajo el paño que cubrió sus pechos

como si fuesen una sombra prohibida, un terreno oculto que mis manos deben labrar. 

 

Labrarán ellas con el permiso de algunos segundos, o el deseo de algunos minutos

y sentirán mis manos el gigil que suena como el profundo abismo de los gemidos

y sentirán mis manos la incuria de la tela para conocer el calor de la tez voluptuosa

y eliminarán la incertidumbre de si es posible el acariciar momentáneo de mis labios.

 

Recorrerían ellos hasta el último rincón de sudor en un acto de ramé sobre tu escote

mi lengua descubriría la suavidad tibia, la piel de tus senos, y la textura de la excitación

no olvidaría mirarlos repentinamente, analizar el cristalino meneo de ambos cobrizos

y que tú sonrías por ver la mangata de mis ojos, sorprendidos por tantas curvas.

 

Al final, los encantadores retratos que me compartes

donde puedo verlos

les recuerdan a mis manos, a mis labios y a mi lengua

la sanguinaria inquietud de la respuesta.

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