Alejandro Schleyer

Testamento

Cambiaría uno de mis suspiros
por uno de los tuyos.

¡Cómo me encantaría volver
a esos días bellos,
a esos días contigo,
a esos días en los que caminábamos de la mano!
Un sueño...
ahora pesadilla,
porque ya no es real.

Ya no puedo besar tu boca,
deleitarme en tus labios,
abrazarte pecho a pecho, muy cercano,
al límite que el pudor ordena
y que tanto he deseado desobedecer.

Pero no extraño tanto el desearte
como escuchar tu risa.
Y ahora eres mi pasado...
mi pasado.
Te recuerdo hablar
y siento tu eco como una suave brisa
que todavía deleita
a mi enamorado corazón.

Mas... no quisiste... que caminara contigo.
¡No quisiste!
¡Me alejaste!
Me condenaste a ser amigo,
pero ser amigo no quiero.
No quiero y muero de tristeza por ello.
Sentencia al eterno exilio...
Destierro.

¡Destierro!

Y aquí, solo, abandonado,
lloro tu ausencia en mi presente.

¿Cómo soportar el agudo dolor?
¿Cómo vivir si siento que muero?
Primero, me aferré a mi orgullo
y me alegré por soberbia de tu rechazo.
«¡Libre! ¡Libre!»
¡Qué estupidez mentirse así a sí!

¡Qué desdichado soy!
Eres lo que anhelo
y por eso lloro con sequedad.
Mi silencio es mi refugio,
silencio de cementerio,
pues no tenerte es muerte.
No quiero llorar,
no puedo... no quiero.
No quiero.

¿Qué decir? ¿La verdad?
¿Que te amo con locura?
¡Está bien! ¡Confieso!
¡Te amo y te extraño,
pero no quiero admitirlo!
No... no quiero que vuelvas...
no quiero...
porque si quisiera,
tendría que admitir...
que no ocurrirá...
y eso me quebraría...
y no quiero llorar.
No quiero.

Sabio y estúpido tiempo,
¿cuándo me dejarás libre de este dolor?
Me desmorono
y los recuerdos vienen,
uno tras otro.
Vienen a decirme adiós,
a mí, que soy mendigo sin socorro.

¡¿Cómo sacarme este dolor
que es infierno para el enamorado?!

Si no estás tú,
no me queda otra que rendirme
frente a la cruz del Eterno,
al que por amor murió
como yo que siento que muero,
como yo que ahora muero.

No te quiero perder,
no quiero,
pero si no queda otra
haré que sea verdad.

Y así será.

Acepto que no caminarás conmigo,
pero no te dejaré de amar.

Sí, te amo,
más allá de lo que tú crees.
Te amo
con locura y con pasión.
Siento el martirio de no ser correspondido,
pero lo acepto... lo acepto...
si con ello gano una sonrisa tuya a futuro,
porque verte sonreír es hermoso
y siempre lo será.

Recuerdo tu nombre;
no lo olvido.
Por siempre habitarás en mi corazón;
¡tenlo claro!

Te amo y siempre lo haré.
Exiliado y todo, aquí estoy
amándote.

Quiero que seas feliz; es todo.
Es imposible que me ames
como yo quisiera;
las estrellas hablaron.
Pero... incluso así... siempre te amaré...
aunque no como enamorado.

¿Cómo?
Ya no como enamorado.
Acepto lo que no acepto
y asumo lo que no quiero.

¡Oh tiempo!
Muta mi alma
y haz que deje de sentir lo prohibido.
¡Haz que tu fuerza cambie mi aliento
y que muera la pasión y el deseo por ella!
Mata en mi alma mis sueños
y que olvide los recuerdos
y que vengan nuevos y mejores
y que pueda ser feliz; te suplico.

Y a ti, oh Dios de los amores,
hazme conocerla a ella,
a quien será dueña absoluta de mi alma,
y hazme amarla incluso más
en venganza,
porque el amor siempre crece,
siempre gana;
y que este ángel que me envíes
no me abandone,
no me deje,
que no puedo soportar otra caída.
No resiste mi corazón este infierno;
no resiste...
no resisto.

Y musa de mi pasado,
quitaré tu trono de mi pecho,
porque pondré otro
para un nuevo reinado.
Nuevas leyes, nuevas fiestas,
nuevos festejos.
Y en Dios espero que mi reina,
la que conquiste mi alma de una vez por todas,
use junto a mí el bendito anillo
y sea legítima dueña y soberana de mis pasiones;
y de mi cuerpo y alma dispondrá a gusto,
porque nuestro nombre será felicidad.

Pero el amor no muere...
no muere...
por lo que nunca te dejaré de amar.
Desprovisto de orgullo y de deseos,
será mi amor por ti
puro, como el de niños,
sin celos, sin heridas.
El tiempo sanará mi tristeza
y mi corazón orará a Dios,
nuestro buen Padre,
por ti:

«Ámala, mi Eterno, más que a cualquier criatura.
Que la felicidad reine en su vida;
conquista todas sus penurias;
que descubra la belleza
de una gota de agua en el corazón tuyo;
y ámala, buen Amigo,
más que lo que yo la amo ahora.»

Y cuando llegue la hora buena,
cuando con Cristo te encuentres por fin,
esa oración de una vida
será un pase seguro
y verás que, aunque lejos yo me encontré en tu vida,
siempre te amé,
más que nadie,
más que alguno...
y según tus reglas.

Y aquel día que nos volvamos a ver
en el divino reino de paz,
tomaré tu mano
y cantaré una canción preciosa,
la que no se pudo componer,
amada de mi pasado,
porque te fuiste lejos de mí...
porque te fuiste lejos de mí.

Y a mi esposa cantaré otra tonada,
más sublime e infinita,
porque ella se quedó con mi amor
y por ello ella será llamada
el alma de mis tesoros.
El trono será suyo;
luego de los reyes,
será suyo.

Y espero... un día...
que otro “fulano”
contigo lleve un anillo
y que te ame
más que a las estrellas...
y que te ame
más que su propia vida...
y que te ame
y que te ame.

Te dejo atrás.
Me libero.

Adiós, mi amada del pasado.
Otro día será...
para ser amigos.
Ocurrirá un día...
y así será...
y será
cuando yo deje de desearte
y tú me ames de nuevo,

porque en Dios nos amaremos.



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