Sebastian Yuerdeng

XXIII

Si muero este día, por estas manos,
no seré mañana aquel individuo,
mi corazón no será más que un número,
que tus ojos verán lejos difunto

 

Entre la negra agua que hemos bebido,
la gloria jamás será de ninguno,
que nadó aquí entre zarzas y espinos
y encontró pronto sin aire el castigo

 

Yo no estaré para saberme cierto,
no veré la lluvia sobre mi tumba
ni seré incienso somero en las urnas,
sólo sabré que al viento me devuelvo

 

Y si esa vez muero por estas manos
tus ojos sabrán efímero el nombre,
estos ecos que muy dentro de mí
han huído mientras aún amamos

 

Los ecos de mi mente se abrirán,
como las hojas al viento otoñal,
que a distancia de mi casa vuelan
desde el suelo donde no suspirarán

 

Tu nombre que vive en la tierra mía
y escabulle al viento tal como el humo
deja ya mi boca risueña y fría
y al océano cae volviéndose uno

 

Si me entrego mañana en estas manos,
mi corazón se henchirá, quizá pronto,
del sentimiento que hace verte lejos
y decirte que te amo y no te siento

 

Entre tantos que en tus ojos han muerto
nunca entenderás que este es mi latido
que fiero a sangre cabalga sufrido
en este frío y oscuro desierto.



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