Francisco C.

Atardecer

Oh bella tranquilidad anhelada y tardía, desearía que al fin llegaras para que alivies el dolor que hay en mi, la mañana es buena, dulce y apacible, la tarde es calurosa, rápida pero eterna, el atardecer me espera como yo a él, siempre es distinto; azul con nubes esponjadas formando siluetas perdidas; Rojo y seco, acompañado del viento que canta mientras alivia el alma, suave como la tierra; Con tonalidades violáceas con carmesí que se difuminan en el cielo y se pierden entre sí, con algunos pájaros extendiendo sus alas para que el viento las pueda recorrer otros postrados en la copa del árbol, cantando melódicamente, anunciando la muerte del sol.

Aunque a veces llores desoladamente y otras muestres alegría, aunque te vistas de 7 colores distintos o de gris, triste y apagado, aunque mil rayos atraviesen tu ser, te acopañaré, te acurrucaré en mi regazo mientras desatas tu ira, o si lo prefieres, desde mi ventana puedo escuchar tus lágrimas cayendo en el suelo, rozando los frutos, acariciando el pétalo y nutriendo a la vida.

Mil colores y formas nos puedes ofrecer, pero la tranquilidad, la esperanza y el deseo, siempre son iguales: Tu belleza radica en el principio de la noche, en los destellos de luz de las estrellas muertas, en su recuerdo, en los rastros del sol que no quiere morir pero que inexorablemente es alcanzado por la noche.

Así termina mi día, viéndote partir, y aunque sé que mañana volverás no puedo dejar de extrañarte, mañana ahí estarás, pero no será lo mismo, habrá otras estrellas, otro viento, otros cantos, la misma luna pero con otra cara, se habrán extinguido algunas luces, y otras tantas darán su comienzo, no será lo mismo y aún así aquí estaré, gritando mi amor al aire, escribiéndote en silencio.



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