Macedonio IV

Hijos del orgullo

¿Tengo que traer alguien nuevo a este mundo para realizarme? ¿Para enseñarle a vivir, cuando todavía me pregunto si en verdad hay una forma de hacerlo?

            ¿Qué gano yo obligando a otro ser, parecido a mí, a parecerse a ustedes, y sufrir la transformación en un cuerpo ajeno, sintiendo cruelmente la lejanía mientras más cerca está… de lo que, como a mí, me pidieron, sin palabras fuera? ¿Qué derecho tengo? ¿Qué ganaría, (más que orgullo y honor. ¡Maldito cuerpo, y maldita mente!) yo, haciéndolo miserable; ¡miserable a otro!? (La verdad no necesita mensajeros: te previene de tal forma que no la olvides: tras un proceso doloroso y relativo). Si ni siquiera yo he terminado (nunca se entiende completamente. ¡Maldita grandiosidad) de entender (ni de aprender), cómo quiero marcarle el sendero (he caminado tanto y por todos lados, que ni siquiera recuerdo cómo llegué donde se supone que estoy) a ese inocente y mágico ser. ¿Por qué he de turbar la tranquilidad infinita que tiene, y que yo tanto añoro?

            ¡Hay que dejarlo!

            ¡Pensar (se puede) que la solución a nuestros problemas no está en un par de hombros para llorar o en unos oídos pa’ desahogarnos! ¡Es alguien que sufre lo mismo que tú!

            ¡Hay pues… que ser in-divi-duos, y buscar las respuestas en nosotros mismos!

           



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.