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DEBO VER A MI MAMÁ

Una figura. Eso es lo que despertó al pequeño gorrión aquella fría noche de invierno. El gorrión estaba acostumbrado a coches y a perros y a gatos e incluso a figuras con aquella forma humanoide. Pero esta figura tenía dos variaciones: una, que era más pequeña que el resto. Supuso, por lo tanto, que era una cría. Y esta cría, desafortunadamente para el pequeño gorrión, hablaba. Sin embargo, no hablaba con mucha variedad. Pues notó esta pequeña ave que solo utilizaba cinco palabras y, cualidad que hacía a esta cría un tanto pedante, siempre en el mismo orden.

-Debo ver a mi mamá- El gorrión se preguntaba qué podría estar haciendo esa pequeña cría para no estar cerca de su mamá, y por qué razón le parecía que todos los presentes en aquella gran plaza debía de enterarse de sus asuntos. Ya las papeleras, las casas, los perros dormidos y las farolas sabían que la figura debía ver a su mamá.

-Debo ver a mi mamá- Informó a uno de los árboles.

-Debo ver a mi mamá- Repitió a la estatua encima de la cual se encontraba el gorrión, que pudo observar, no sin desagrado, que la pequeña figura tenía una pequeña carita que se encontraba incluso más sucia de lo que se encontraba el suelo a sus pies.

-Debo ver a mi mamá- Le dijo al gorrión frunciendo su pequeña carita en un gesto de seguridad cuando este bajó a los pies de la estatua, y así pudo ver a la figurita. Lo que más destacaba era lo sucia que estaba su cara, su ropa, su pelo e incluso el sombrero que llevaba. El gorrión supuso que era una de esas crías que se sentaba a los pies de la estatua durante los días y, poniendo su sombrero en el suelo, miraba a los transeúntes y éstos, a veces, le propinaban una sonrisa mientras depositaban un par de objetos que relucían en dorado.

-Me llamo Percival Michael Smith- La figura, que ahora que estaba tan cerca el gorrión reconoció como persona (o personita) le miraba con los ojos muy abiertos, lo que al gorrión le pareció repugnante- Y debo ver a mi mamá- Al parecer, había tomado la curiosidad del gorrión como una muestra de simpatía así que empezó a hablar, acercándose aún más, por lo que el gorrión tuvo una clara visión de su sucia y fea cara.

El niño pertenecía a una de las más respetadas familias londinenses del siglo XX. Sin embargo, su padre falleció al poco tiempo de contraer la enfermedad del tifus. El dinero se agotó en cuestión de meses.

Percival Michael Smith y su madre se vieron obligados a abandonar sus acomodadas vidas mientras el rumor de su infortunio se extendía como la pólvora en las reuniones sociales de la burguesía. A pesar del cambio de vida, las deudas se acumulaban, y ni su casa ni sus acciones fueron suficientes para pagar a sus acreedores. Uno de los más obstinados decidió, movido por la ira, perseguir a la desestructurada familia.

Madre e hijo corrían por las inusitadas calles de Londres, con la esperanza de dejar atrás al persistente hombre. De pronto, ella resbaló. Sabía que el frío y el hambre la habían dejado débil, y que no podría levantarse.

Le hubiera gustado correr con su hijo y refugiarse con él en un lugar cálido y seguro. Pero las piernas ya no le respondían, y hacía tiempo que sabía que ese momento llegaría. Pero ella no quería morir así, no ahora. Aun así, logró formar una sonrisa mientras las lágrimas surcaban sus mejillas.

-Vete, mi niño-le rogó-yo iré por detrás de ti, me deberás ver si vuelves la cabeza, no te preocupes.- Así que él corrió, sonriendo, pensando que era un juego.

Al cabo de unos minutos, el niño, ya cansado, se giró para mirar a su madre. Pero ella ya no estaba. El niño miró en todas las direcciones, sin comprender.

-No lo entiendo-murmuró el niño-si me giro, debo ver a mi mamá- Y siguió andando, preguntándose si su madre le habría adelantado.

-Si me giro-repetía-debo ver a mi mamá.

Y eso repitió durante toda la fría mañana. Sin pararse a descansar ni a comer. Y también durante la tarde y en el atardecer, y en la noche, hasta dar con aquella plaza en la que dormitaba un pequeño pájaro.

Y así le dijo al gorrión en forma de despedida aquella fría noche de invierno.

-Si me giro- dijo, mientras se alejaba- debo ver a mi mamá.- Y encontró un rincón donde podría pararse a descansar. Y así lo hizo.

-Debo ver a mi mamá-repitió una última vez, justo antes de internarse en el sueño eterno para reunirse al fin con su madre- Pero sólo si me giro.

El gorrión pensó en los problemas que acarreaba la falta de la figura materna. Sin su madre, aquella personita había vagado sin descanso durante un día entero. Aquella mujer no había aportado nada a la sociedad, en una semana nadie la recordaría. Sin embargo, el pajarillo caviló sobre el importante sacrificio que había hecho por su cría. Puede que no colaborase con la historia, pero verdaderamente hizo historias. Una lágrima golpeó el suelo. Tras limpiársela, el gorrión volvió a lo alto de la estatua.

-Al menos-pensó-el pequeño ya se ha marchado. Aunque sea para siempre. De todas maneras, no era asunto mío.

Y así, con la conciencia tranquila, se dispuso a dormir.

 



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