Corsal Casoda

Escultura de bulto redondo (efebo)

 

carne y arpa

En mis labios reposando
deja tu cincel dorado,
Musa, y el mármol alado
de tu delicioso hablar.
Da a mí espíritu el ingenio
prodigioso que en su mano
blande experto el artesano
y que igual no puede hallar.

Ya aprieta el cincel mi puño
¡siento su divino peso!
y en la boca guardo el beso
de tu indeleble cantar.
Oye atenta cuanto digo,
Diosa, en marmóreos versos
de nieve, el cuerpo terso
de mi efebo haré tallar:

Es pareja bailarina
de esbeltez rosada y tierna
la figura de las piernas
que en curiosa posición,
cuelgan, livianas y títeres,
desde el vértigo y la altura
de la sinuosa cintura
en ligera inclinación.

Cae el peso en una sola
mientras la otra, libre, vuela
y surca como una estela
olas de un mar de cristal.
Y en el eterno horizonte
de sus varoniles músculos
descansa el frágil crepúsculo
de una edad primaveral.

La curiosa poesía
de sus piernas desespera,
trepa ansiosa las caderas
por su almibarada piel.
Halla secreto tesoro
en trasera parte oculto
de firme y redondo bulto,
de blanca azúcar y miel.

Tal textura es la del mármol
que mis manos siento hundirse
y en la carne divertirse
mi delirante embriaguez.
Reposan sus suaves alas
de plumaje cristalino
en los éteres de lino,
en la carne y su morder.

Y entre el valle de sus piernas
¡manantial de mi delirio!
como blanca flor de lirio
brota su virilidad.
¡Goza, oh cáliz de mis labios,
besar el trémulo aroma
de sus pétalos y toma
la flor de su eternidad!

¡Bebed del dulce néctar
aleando con denuedo,
abejillas de mis dedos,
por su cuerpo virginal!
¡Trazad lánguidos senderos
por la maciza escultura
de su torso y la blancura
de su prieto abdominal!

¡La estrechez de su cintura
ceñid, oh atrevidos brazos,
y envolved en suaves lazos
su silueta de marfil!
Por mi cuello soplad tímidos,
oh suspiros, que del lecho
huis inflamando su pecho
y mi quimera febril.

Resuene vuestro trinar
en los ecos del deseo
oh lascivo tintineo,
¡juventud y desnudez!
Las caricias de tus manos
quiero por las finas cuerdas
de mi arpa y quiero que muerdas
todo rincón de mi ser.

Quiero ese querer querido
de tu gesto y el anhelo
de tu brisa y el recelo
de tu tacto y el volar
de tus cabellos y el fuego
de tus piernas y el sosiego
del silencio de tu andar.

Y un purísimo candor
enciende tus labios rojos
y el embrujo de tus ojos
difumina mi dolor.
Y en el templado rubor
de tus mejillas soñando
yace el efímero y blando
beso de un primer amor.

¿Y qué haré yo ante esa cara
de blanca y serena luna
si una mirada y solo una
trastorna mi voluntad?
¿Si el veneno de este cáliz,
de esta dura vida bebo,
a la carne de mi efebo
habré yo de renunciar?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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