Pedro Perez Vargas

El último mensaje

El último mensaje

Sin imaginarse lo que  pasaría después,  a pesar de que estaban enfadados, y llevaban varios días sin comunicarse, cosa que en los últimos tiempo se había tornado frecuente, aprovechó la excusa de que se iba de viaje al exterior, sin fecha de regreso, para llamarla y así escucha su voz, sin imaginar que era su última oportunidad.

El teléfono sonó en varias ocasiones, por lo que decidió colgar. No estuvo seguro si en el último instante la escuchó decir ¡hola!

Nunca más lo sabría.  Se preguntaba si había sido producto de su imaginación, si había sido el deseo de volver a escuchar su voz, o si definitivamente ella llegó a contestar. Lo cierto es que la llamada no retornó.

Pronto,  mientras se dirigía hacia aguas internacionales, su teléfono dejó de registrar señal. No tenía sentido seguir viendo la pantalla una y otra vez, aferrado a la última esperanza de volver a escuchar su voz.

Cuando estuvo convencido de que ya no pasaría más,  decidió guardar su teléfono en el bolsillo trasero de su pantalón, no sin de vez en cuando revisar si se había producido algún milagro.

Fue cuando su pensamiento resultó interrumpido por una voz áspera,  ronca y poco entendible. Se trataba de un hombre de tez oscura, de unos 6 pies y 3 pulgadas de estatura, en cuyo rostro no se distinguía ningún rasgo de humanidad, quien sorpresivamente se dirigía a los allí presente.
Sin entender aún lo que ocurría, escuchó con atención aquella voz, tratando de comprender lo que estaba pasando.
Este hombre, cuyas rasgos físicos pertenecían más a una bestia que a un ser humano, estuvo a cargo de reclutar a un un grupo de hombres en la calle,  sin previo aviso, y sin oportunidad de que pudieran comunicarse con sus familiares.

Por fin pudo compreder  que se dirigía a una extraña nación, la cual desde hacía varias décadas, era objeto de la más inhumana dictadura de la cual se tenga conocimiento, por lo que sus habitantes morían en la más absoluta miseria, carentes de los recursos más elementales para sobrevivir,  ya que las antiguas riquezas de aquella población se había ido a engordar las cuentas personales de sus verdugos.

Mientras escuchaba las miles de razones por las que debía ir a pelear a un país extranjero, cosa que nunca imaginó,  ya que no tenía ninguna experiencia militar, quedó convencido de que nunca más iba a volver a escuchar su voz.

Solía, cuando el momento le permitía, revisar su teléfono,  por si casualidad de la vida, algún milagro se había producido. Lo intentó una y otra vez hasta que fue hecho primero en aquella lejana nación.

Entonces, supo definitivamente que ya no tenía oportunidad.  Fue despojado de todas sus pertenencias.  Definitivamente ya nunca más volvería a pasar.

Nunca supo el tiempo que pasaría en prisión,  o si algún día saldría de allí con vida. Su único deseo era lograr recuperar su teléfono,  que había sido incautado junto a toda sus pertenencias,  y ahora era posesión de los guardias enemigos. Pensaba que podía encontrar en el algún mensaje.

Fue el motivo por el cuál intentó una y otra vez escapar.  Fueron meses de fallidos intentos,  quizás talvez años. No había forma de saber cuanto tiempo había transcurrido desde la última vez que escuchó su voz.

Sólo le mantenía con vida su deseo de retornar, de saber que había pasado con ella, si aún seguía pensando en él como lo hacía él de ella.

Aquella noche de recuerdos interminables, trataba de recordar el motivo que provocó el último enojo. Aquel que los separó por última vez, sin imaginar que no iban a tener la oportunidad de otra reconciliación.

Los guardias, quienes solían hacer fiestas para divertirse, mientras tomaban  alcohol sin control y violaban a las prisioneras, cada vez estaban más embriagados, hasta que por fin quedaron dormidos.

Sí,  había llegado la oportunidad que esperó por tanto tiempo.  Esa noche escapó,  no sin antes revisar cada rincón de lo que por tanto tiempo resultó ser un infierno,  la más despiadada prisión que nunca imaginó.

Por fin lo encontró,  lo tomó y sin perder tiempo buscó el último mensaje. Para su sorpresa, sí había un mensaje,  sólo que ahora era de un número desconocido. "Me cansé de esperarte"

Entonces supo que ella había decidido abandonar la espera e imaginó cómo ella dejaba caer su teléfono a mar.

Ahora no sabía si valía la pena recuperar nueva vez su libertad. Sólo su instinto lo guió otra vez al océano.

Cuando por fin llegó a su tierra, aquella que casi había olvidado, se dio cuenta que todo había cambiado. Observó cosas que no reconocía y fue entonces cuando tuvo noción del tiempo transcurrido.

No pudo reconocer a los lugareños.  Ahora era un extraño en su propia tierra. Sin saber a dónde dirigirse,  se acercó a una anciana. Ella debía saber...los viejos siempre recuerdan...se decía una y otra vez.

Mientras se acercaba a aquella mujer llenas de arrugas, con manos temblorosas y rogándole a Dios que el Alzheimer no se le haya adelantado,  no pudo evitar observar a un chico que jugaban en la playa.

Algo de aquel joven llamó su atención. Se le parecía a alguien, y ya no recordaba a quién.

-Ven, deja de jugar, llegó el momento de irnos- Era una voz de mujer, que también lucia conocida. Con la serenidad del viento de la noche, quedó allí parado, contemplando aquella mujer, que sí definitivamente reconoció. 

Fue cuando supo que la vida no deja de ser paradójica.  Allí estaba ella, la había encontrado. Sólo que después de tanto desear volver, ahora estaba seguro de que había llegado tarde; y lo mejor era no acercarse.

-Ven, ya nos vamos- repitió aquella voz inolvidable, único recuerdo que le acompañó cada día de su soledad.

Ahora era ella quién se alejaba. Era hora de dejarla ir. Debe haber logrado la felicidad que nunca pude darle, pensó una y otra vez.

De repente, sus piernas se quedaron sin fuerzas, y no pudo continuar allí parado; por lo que lentamente se dejó caer al suelo, mientras observaba cómo otro barco lo separaba otra vez de la mujer a quién tanto había amado.

Sí,  había que dejarla ir. Aquél  niño cuya imágen golpeaba su recuerdo, tratándo de recordar a quién se le parecía, le confirmaba que no debía acercarse.

Ahora debo tener el valor que nunca tuve, y dejarla ir. Era su único pensamiento, mientras aquel barco desaparecia en el horizonte.

Su pensamiento fue interrumpido cuando se le acercó una señora quien vendía objetos usados. -¿Quieres comprar algo, señor?- fue lo único que escuchó, mientras distinguía la imagen reflejada en un espejo roto que aquella mujer intentaba vender.

Entonces pudo darse cuenta cuánto había envejecido. No se imaginó que había pasado tanto tiempo desde la última vez que se miró en un espejo; y por fin recordó a quién se le parecía aquel niño.



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